Las hermanas Martínez Escalada

Hasta doce hijos llegaron a tener mis antepasados Alonso Martínez y Jacoba González-Soldado en el transcurso de trece años. Cabría pensar que la muerte de tres de ellos a corta edad, así como la pérdida de su esposa tras veinticinco años de matrimonio, habría reforzado el vínculo entre el progenitor y su prole. Nada más lejos de la realidad. En 1821 me consta que Alonso se había enfrentado a sus seis hijas, a las que expulsó de la casa familiar, y menos de cinco años después tan sólo permanecía un hijo bajo el mismo techo que su padre. Parece ser que el origen del enfrentamiento eran desavenencias personales y políticas entre padre e hijos (Alonso era un acérrimo absolutista que no dudó en ofrecer a su hijo menor para servir en un regimiento a favor de Fernando VII, mientras que al menos dos de sus hijos varones apoyaban el régimen liberal que defendía el malogrado General Rafael de Riego).

Uno de los hijos varones que padeció el rechazo paterno fue el décimo vástago, de nombre José, el cual se abrió camino en la vida instalándose en la ciudad marinera de Pontevedra. Allí el joven encontró la estabilidad que su padre le había arrebatado, y en 1823 contrajo matrimonio con una muchacha procedente de una familia respetable llamada Dolores Escalada Gil, de ascendencia cántabra y portuguesa. La escueta nota matrimonial no menciona a ningún pariente del novio entre los testigos, lo cual parece confirmar, a tenor de las circunstancias, que la unión se celebró con la desaprobación de la familia del novio.

Sea como fuere, la pareja hizo de Pontevedra su casa, y allí el joven se labraría una carrera hasta alcanzar el grado de Interventor del Resguardo Militar. Prueba de sus buenas conexiones personales y laborales son los testigos de su propia boda: Don Ramón Varela, trabajador de Aduanas de dicha villa, y Don Francisco Iglesias, compañero también del Resguardo Militar. De forma casi inmediata, la familia Martínez Escalada comenzó a crecer cuando María de los Dolores dio a luz, nueve meses después de haberse celebrado las nupcias, a su primera hija, a la que bautizaron con los nombres María Amalia de las Mercedes. La niña fue apadrinada por sus abuelos maternos, residentes en la misma villa. Poco más de un año tardaría el matrimonio en dar la bienvenida a su segundogénita, a la que llamaron Carlota, y cuyos padrinos fueron su abuelo materno y la hija de éste, Francisca, a la sazón tía de la neófita por ser hermana (gemela) de su madre.

Corría el año 1826 y el régimen absolutista de Fernando VII se afanaba al poder aun cuando semejaba que su propio ocaso estaba cada vez más próximo. José Martínez era, como ya hemos apuntado, un liberal convencido y por lo tanto no gozaba de las simpatías del régimen imperante. Desconocemos hasta qué punto sus actividades personales o profesionales llegaban a manifestarse en el plano político, pero debieron de tener la suficiente importancia como para que mi pariente sintiese la necesidad de abandonar la ciudad gallega. Así lo recoge un escrito familiar que ha llegado hasta nuestros días gracias al celo y al cuidado que han guardado sus descendientes:

“Habiéndose verificado la abolición del sistema constitucional de la nación a los
asuntos políticos, se vio ahora D. José Martínez en la precisión de ausentarse,
desde marzo de 1826 y enseguida fue confinado en la ciudad de Lugo; y no
pudiendo subsistir allí, ni haber conseguido licencia para auxiliar a su familia, se le
puso en la dura precisión de emigrar con otros varios confinados al Reino de
Portugal en donde permaneció y padeció innumerables trabajos hasta que se le
proporcionó restituirle a España (cercanías de Madrid) y allí se mantuvo incógnito y
en cierto modo empleado; hasta que salió la Amnistía o Indulto General; con cuyo
motivo, y habiéndose suspendido los trabajos del telégrafo en el que se hallaba
ocupado; se retiró al seno de la familia, a donde llegó el día 29 de mayo de 1833.
En cuyo día se cumplieron 7 años y 3 meses de ausencia.”

Parece ser que en sus primeros meses de exilio José pudo, al menos, gozar de la compañía de su esposa, pues sabemos que a mediados de 1826 ésta volvió a quedar embarazada. Temiendo quizá por la salud del retoño nonato, Dolores fue enviada de regreso a Pontevedra, donde en la primavera de 1827 dio a luz a otra hija más, bautizada con los nombres Olegaria María de los Dolores Bernardina. Apadrinada por Felipe Martínez (sin parentesco con el padre de la niña) y su propia prima, Bernarda Escalada, la pobre Olegaria nació con algún tipo de tara física o psíquica, pues en varios documentos consta como inválida o accidentada (términos bastante genéricos que nos impiden saber la verdadera naturaleza de su enfermedad).

La vida conyugal de José Martínez y Dolores Escalada se quedó pues paralizada en tanto que duró el exilio del marido. Ello explica por qué habrían de pasar más de siete años hasta que la pareja, unida de nuevo y viviendo una vez más bajo el mismo techo, volvió a tener hijos y, así, en febrero de 1834 vino al mundo su cuarta hija, Gumersinda, nacida ya durante el reinado de Isabel II. En esta ocasión ejercieron de padrinos su tía materna, Francisca Escalada, y el marido de ésta (con quien acababa de contraer matrimonio), Don Narciso Cruz Salgado, que trabajaba como mayordomo del Marqués de Castelar y la Sierra. Aquel año esta pareja tendría un hijo, de nombre Ramón María, sobre quien hablaremos más adelante.

Los años posteriores parecen haber seguido trayendo felicidad a la familia Martínez Escalada, atendiendo a los nacimientos repetidos de cinco hijos más con muy rápida sucesión: Fabiana (en 1835), Cecilia (en 1839), Luisa (en 1840), Luciano (fallecido a los pocos días de nacer en 1841) y Dolores (nacida en 1842). La familia se vio completa con el nacimiento de ésta última, aunque la dicha duró poco, pues en 1847 José falleció por causas que no han trascendido. Su viuda y sus ocho hijas quedaron a merced de los pocos medios con los que contaban, y durante un tiempo parecía que sus destinos se irían diluyendo en la pobreza y el olvido. ¿Qué hacer con ocho hijas solteras, una de ellas enferma, de edades comprendidas entre los 24 y los 5 años, se habría preguntado seguramente su madre, que sin ingresos ni oficio, no podía pagar su subsistencia?

Muchas mujeres respetables del XIX, al no poder trabajar para subsistir, dependían del matrimonio para salir adelante.

Muchas mujeres respetables del XIX, al no poder trabajar para subsistir, dependían del matrimonio para salir adelante.

La respuesta a sus plegarias parece haber llegado dos años después, cuando la dama y sus ocho virginales hijas fueron informadas de que constaban como las beneficiarias en el testamento de su tío Román. Román Martínez de Montaos era en realidad tío-abuelo de las muchachas, por ser el hermano menor de su abuelo Alonso (aquel que había expulsado de casa a casi toda su prole), pero en un giro inesperado del destino, había contraído matrimonio con su propia sobrina (hermana del padre de las chicas). Aquella unión no produjo descendencia, por lo que al enviudar, el tío Román tuvo que buscar herederos entre sus parientes más cercanos. Las hermanas Martínez Escalada parecían las candidatas más acertadas, como lo recoge el testamento, fechado en 1849:

“Después de cumplido y satisfecho cuanto va dispuesto en este testamento y memoria póstuma que se hallase nombro e instituyo por única e universal heredera de todos mis bienes, rentas, derechos, sueldos atrasados y todo cuanto me pertenece ahora y en cualquier tiempo a Dª. Luisa Martínez Escalada para que los lleve, disfrute y goce para siempre, con la obligación de que asista, cuide y auxilie a su hermana Dª. Olegaria mientras exista en el estado de accidentada en que se halla; y además espero de la Dª. Luisa que por un deber de piedad y gratitud, y correspondiendo al amor que la tengo y al que le ha profesado mi amada esposa, y a mayor abundamiento le ruego haga todos los años mientras pueda y si no pudiere por alguna causa física la persona más allegada o la que merezca su confianza, dos estaciones o visitas a los restos mortales de ambos, a saber una el día primero de noviembre, aniversario del fallecimiento de mi querida esposa, y otra en el que cumpla el del mío, mandando celebrar una misa rezada en cada uno en sufragio de nuestras ánimas, mientras viva; que transmita y recomiende este mismo encargo a sus hijos, o a cualquiera otra persona que después de ella sucediere en la casa de la Graña, y estos a los suyos, para que así perpetúe todo lo posible y tenga cumplimiento la piadosa intención que mueve mi ánimo; a cuyo fin y para el caso de que por algún accidente llegase a enajenarse dicha finca, le pido a sus descendientes que procuren recaiga si fuere posible en alguna persona de la familia de Martínez, de cuyo honor, religiosidad y amor a sus parientes me prometo, más que de otra alguna, que respetarán y harán cumplir mi encargo, y que unos y otros conservaran la capilla en el buen estado en que se halla, para que en ella se celebren las dichas misas.

También es mi voluntad que en el caso de la citada mi heredera fallezca sin sucesión, herede con las mismas condiciones que van expresadas estos bienes, o los que a su muerte dejase de ellos, su hermana Dª. Gumersinda.”

Firmas de cinco de las hermanas Martínez Escalada, en 1883.

Firmas de cinco de las hermanas Martínez Escalada, en 1883.

No me consta que hubiera cambios ni codicilios añadidos al testamento de mi lejano pariente, por lo que en 1856, tras la muerte de su tío-abuelo Román, Luisa Martínez Escalada debió de heredar los bienes estipulados por éste en su última voluntad. Por entonces, la infeliz Olegaria había fallecido poco antes de haber cumplido los veintiséis años, por lo que Luisa quedaba libre para disfrutar de su herencia, que legalmente le correspondía. El cambio de sus circunstancias seguramente le vino como anillo al dedo, pues dos años después se convirtió en pionera entre sus hermanas cuando contrajo matrimonio con un redondelano se sonoro nombre llamado Onofre Rubín Oroña, médico cirujano de 31 años. La pareja llegaría a tener, que sepamos, cuatro hijos, a saber: Dolores (fallecida en 1925 después de ser atropellada por un camión, y cuyo marido fue jefe de telégrafos en Pontevedra); Román Leoncio (ayudante del Servicio de Vía y Obras del Ferrocarril, fallecido soltero un año antes de su madre); Leopoldo (de quien no sé nada) y María de la Concepción (fallecida después de 1937, año en el que hizo un donativo en la kermesse para el ejército nacional durante la Guerra Civil).

Un año más tarde de la boda de Luisa, su hermana mayor, Gumersinda Martínez Escalada también tomó la decisión de pasar por la vicaría, y así se casó, con 25 años cumplidos, con Ángel Rubido Prieto, un vigués que rondaba ya los 40, a quien Gumersinda le daría ni más ni menos que nueve hijos, aunque sólo cuatro llegarían a edad adulta: Amalia (casada con Leopoldo Salgués Álvarez-Losada), José María (Juez en Puebla de Sanabria), Dolores (casada con Manuel Otero Bárcena, director del diario El Faro de Vigo) y Pelayo (médico, casado con Jesusa Lamparte Quintela).

Parece ser que a Carlota, la segunda de las hermanas Martínez Escalada, tampoco le faltaron admiradores, pues sabemos que se convirtió en el centro de las atenciones de su primo Ramón Cruz Escalada, hijo de su tía Francisca. El muchacho, que con nueve años menos que Carlota sentía ardientes deseos por su prima, la pretendía endulzar con frases como “¿Hasta cuándo he de ser un primo malandrín, holgazán y perezoso?” (términos que probablemente Carlota había usado para describirle) o “Plegue al cielo que mi súplica tenga eco en el gabinete del corazón de la prima que inspira al tristísimo Ramón C.” Pero las adulaciones no surtieron efecto, o acaso intercedió el destino, pues el infeliz Ramón murió, soltero y sin haber conquistado a su prima, un 11 de septiembre de 1851.

¿Y qué fue de las otras hermanas? ¿Estaba ellas condenadas a vestir santos todas sus vidas? ¿Acaso ellas no aspiraron a tener sus propias familias? Desgraciadamente no contamos con datos sobre sus trayectorias personales, por lo que he optado por tomarme la libertad de añadir no una descripción fiel de mis parientes, sino un extracto tomado de la novela Los Pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán, en la que describe a las cuatro primas (solteras y de edad casadera) del protagonista, Don Pedro Moscoso, cuando éste las visita en su casa de Santiago – y cómo me imagino yo que pudieron ser percibidas por algún que otro pretendiente que las rodeara en sus años de juventud:

Hállabase don Pedro en sus glorias. Al resolverse a emprender el viaje, receló que las primas fuesen algunas señoritas muy cumplimenteras y espetadas, cosa que a él le pondría en un brete, por serle extrañas las fórmulas del trato ceremonioso con damas de calidad, clase de perdices blancas que nunca había cazado; mas aquel recibimiento franco le devolvió al punto su aplomo. Animado, y con la cálida sangre despierta, consideraba a las primitas una por una, calculando a cuál arrojaría el pañuelo. La menor no hay duda que era muy linda, blanca con cabos negros, alta y esbelta, pero la mal disimulada pasión de ánimo, las cárdenas ojeras, amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estaba por romanticismos. En cuanto a la tercera, Nucha, asemejábase bastante a la menor, sólo que en feo: sus ojos, de magnífico tamaño, negros también como moras, padecían leve estrabismo convergente, lo cual daba a su mirar una vaguedad y pudor especiales; no era alta, ni sus facciones se pasaban de correctas, a excepción de la boca, que era una miniatura. En suma, pocos encantos físicos, al menos para los que se pagan de la cantidad y morbidez en esta nuestra envoltura de barro. Manolita ofrecía otro tipo distinto, admirándose en ella lozanas carnes y suma gracia, unida a un defecto que para muchos es aumento singular de perfección en la mujer, y a otros, verbigracia a don Pedro, les inspira repulsión: un carácter masculino mezclado a los hechizos femeniles, un bozo que iba pasando a bigote, una prolongación del nacimiento del pelo sobre la oreja que, descendiendo a lo largo de la mandíbula, quería ser, más que suave patilla, atrevida barba. A la que no se podían poner tachas era a Rita, la hermana mayor. Lo que más cautivaba a su primo, en Rita, no era tanto la belleza del rostro como la cumplida proporción del tronco y miembros, la amplitud y redondez de la cadera, el desarrollo del seno, todo cuanto en las valientes y armónicas curvas de su briosa persona prometía la madre fecunda y la nodriza inexhausta. ¡Soberbio vaso en verdad para encerrar un Moscoso legítimo, magnífico patrón donde injertar el heredero, el continuador del nombre! El marqués presentía en tan arrogante hembra, no el placer de los sentidos, sino la numerosa y masculina prole que debía rendir; bien como el agricultor que ante un terreno fértil no se prenda de las florecillas que lo esmaltan, pero calcula aproximadamente la cosecha que podrá rendir al terminarse el estío.

Con el paso del tiempo, una por una, las hermanas Martínez Escalada se tornaron mujeres, y las mujeres ancianas. La primera en fallecer fue María Amalia, que lo hizo, soltera como casi todas, en 1887; la siguió a la tumba la benjamina, Dolores, seguida de Fabiana (única entre todas por no haber fallecido en Pontevedra, sino en Santiago de Compostela), Gumersinda, Carlota, Luisa y finalmente Cecilia, que sobrevivió a toda su familia y murió en 1918, víctima de la Gripe Española.

De los óbitos no comentaremos nada más que una curiosa anécdota que rodea el fallecimiento de Gumersinda, y que recoge la prensa de la época:

Hasta nosotros habían llegado rumores de un suceso que estaba llamando grandemente la atención en Pontevedra, pero por razones que son fáciles de comprender, hemos guardado silencio interin la noticia no tenía confirmación por parte de quien tenerla debía. Hoy han variado las circunstancias y por lo tanto ya podemos ocuparnos de la cuestión. Es el caso, que el viernes último falleció en Pontevedra doña Gumersinda Martínez Escalada, viuda de Rubido, señora muy conocida y apreciada en Santiago. El sábado verificóse la conducción del cadáver al cementerio, pero no se le dio sepultura sino que se depositó, acaso por temor que se tratase de un caso de catalepsia, en la capilla de San Mauro. Multitud de personas visitan la capilla con objeto de ver el cadáver de la señora de Martínez Escalada, el cual está rodeado por dieciocho blandones y velado constantemente por la familia. Esta señora falleció de bronquitis el viernes pasado y a pesar de los días transcurridos presenta e rostro buen color y no se nota señal alguna de descomposición. La opinión de los médicos es que la citada señora está realmente muerta, pero como personas de la familia abriguen duda respecto al particular, es el motivo porque el cadáver continúa insepulto. En la capilla se dicen diariamente misas por el eterno descanso de la finada, el caso es comentadísimo en Pontevedra, como seguramente lo será hoy en Santiago tan pronto el presente numero llegue a manos de nuestros lectores.

 pontevedra

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