Las familias extranjeras del Barbanza

Durante siglos, las rutas marítimas fueron la principal y, en muchos casos, la única vía de comunicación entre pueblos y naciones. Estas comunicaciones, fomentadas principalmente por el comercio y la emigración, eran mucho más fluidas que las terrestres, dado el mal estado de las carreteras, que eran escasas, y en cierta medida también más seguras, de no ser por los regulares caprichos de la Madre Naturaleza que podían hundir flotas enteras. Como digo, la existencia de puertos marineros siempre ha sido una de las principales vías de contacto entre poblaciones, y este intercambio económico y demográfico necesitó forzosamente el movimiento de personas que, en algunas ocasiones, no quisieron o no pudieron regresar a sus lugares de origen.

La Península del Barbanza.

La Península del Barbanza.

En Galicia, las Rías Bajas (esos fiordos gallegos entre la desembocadura del Miño que divide España de Portugal, y el Cabo Finisterre, en la provincia de La Coruña), y en especial las ciudades de Vigo y Pontevedra, siempre fueron un nido de actividad comercial, que fue replicado en otras poblaciones próximas. La Península del Barbanza, entre las rías de Arosa y la de Muros y Noya, también ocupa un puesto destacado, y fue precisamente esta última que en el siglo XIX vio aumentar de forma como nunca antes había sucedido, la llegada de comerciantes extranjeros.

El Barbanza es, como toda la Galicia marinera, una zona de excelente pesca y marisqueo. Hasta comienzos del XIX, la actividad comercial en Galicia estaba principalmente sometida a los designios de la Iglesia y a la vieja hidalguía, ambas muy reacias al cambio que trajo consigo el ottocento. Sin embargo, la paulatina llegada de comerciantes catalanes (los llamados fomentadores) a la región permitió la profesionalización y consecuente explotación del comercio gallego, notablemente de la salazón del pescado. Aquellos catalanes, tenidos por emprendedores e inteligentes, vivieron durante generaciones en una especie de burbuja social, relacionándose exclusivamente con sus antiguos convecinos y parientes, dando como resultado una endogamia exageradamente frecuente. Entre estos clanes de “extranjeros” asentados en la zona destacan familias como los Barreras, los Romani y los Ferrer (procedentes de Blanes, Gerona), los Roura (de Sant Pol de Mar), los Soler (de Lloret de Mar), sin olvidarnos de los Salanova, únicos en su categoría por ser de origen guipuzcoano.

Cartel publicitario de "Vda. e Hijos de J. Barreras".

Cartel publicitario de “Vda. e Hijos de J. Barreras”. 

A comienzos del siglo XIX dos hermanos llamados José y Francisco Barreras Defaus, que como he dicho procedían de la localidad gerundense de Blanes, se instalaron en la Puebla del Caramiñal. Ambos instalaron sus casas en el Arenal (actual Paseo Marlés), y allí comenzaron a explotar la escasa industria salazonera que existía en el Barbanza. La casa de Francisco se conoció durante tres generaciones más como la casa de Don Francisco Barreras, aunque no era la única propiedad que le pertenecía en la zona, pues poseía una fábrica en Castiñeiras, Riveira. Su hermano José contrajo matrimonio con Rosa Casellas, también de origen catalán, y entre sus hijos pueden contarse a Marcelino (armador y propietario de un bergantín-goleta llamado Joaquina Barreras, que estuvo activa hasta 1920), José (que poseía una fábrica de salazón en las Islas Cies y cuyo hijo fundó Hijos de J. Barreras, compañía dedicada a la construcción naval) y Teresa, que se casó con su primo carnal Francisco Barreras Centrich, dando continuación a la estirpe catalana en el Caramiñal. Andando el tiempo, la familia acabaría poseyendo todo tipo de embarcaciones (dornas, lanchas, traineras, balandros…) acordemente bautizadas en recuerdo de algún miembro de la familia.

Otra dinastía que dejó su huella en la industria regional fue la familia del Río, cuya compañía, del Río y Carreró, fue fundada en la década de 1880 por Andrés Higinio del Río (oriundo de Palmeira, en Riveira) y Manuela Mascato, viuda del catalán Manuel Carreró. En diciembre de 1887, mediante subasta, la compañía adquirió una polacra-goleta en Barcelona llamada María Asumpta, que tendría una larga vida surcando los mares pero que acabó destrozada en las rocas de la costa británica en 1995. Aquella unión profesional entre los del Río y los Carreró se fraguó dos generaciones después con el matrimonio de Enrique del Río Ferrer (nieto por línea materna de José Ferrer Nunell, otro industrial gerundense) y Petronila Carreró Gelpí, que dejaron amplia descendencia.

El antedicho José Ferrer Nunell, conocido popularmente como Marlés, procedía también de Gerona, y como sus coetáneos y paisanos, poseía varias propiedades en la Puebla del Caramiñal y sus aledaños. Fundador de su propia dinastía, este gallego de adopción uvo numerosa prole, muchos de los cuales acabaron entroncando con otras familias de la zona: Leonor se casó con Salvador Soler Domenech; Cándida con José Romaní Cruz; Josefa on Andrés del Río; Francisco con Amalia Ferrer Romaní… Curiosamente existía otra familia de apellido Ferrer en la zona (quienes al proceder de Blanes eran con toda probabilidad parientes cercanos de la familia de Marlés). A esta rama pertenecía Mamerto Ferrer Romaní, socio que fue de Ramón Villoch Gelabert y co-propietario del bergantín-goleta Regina,  que se acabaría instalando en Vigo, donde comenzó su carrera como armador naval, llegando a ser presidente de la Sociedad de Seguros Mutuos Marítimos de la ciudad.

Otra familia de considerable importancia en la zona fue la casa de Lázaro Fernandez Seoane, de Riveira, que contrajo matrimonio con María Soler Paz (con raíces en Arenys de Mar). Esta familia se bifurcó en varias ocasiones, entroncando en el proceso con familias foráneas como los Ferrer.

No podemos acabar sin mencionar a la familia Romaní, clan extensísimo que se concentró en la villa de Muros y cuyas líneas se cruzan numerosas veces con otras familias catalanas. Entre ellos destaca Abelardo Romaní, que se casó con una prima de mi tatarabuelo y que, como él, dejó amplísima descendencia.

Abelardo Romaní González con su mujer María Francisca Cipriana Mariño Morales y sus hijos, sobre 1888.

Abelardo Romaní González con su mujer María Francisca Cipriana Mariño Morales y sus hijos, sobre 1888. Colección privada del autor.

Pero, aunque no lo parezca, no sólo vinieron catalanes al Barbanza. Otras familias y, en algunos casos un solo individuo, arribaron a las costas gallegas para asentarse y fundar su propia estirpe. Tal es el caso de mi antepasado Nicolás Ronquete, un genovés que se estableció en Noya alrededor de 1760-1770. También destaca el vasco-francés Juan Bautista Balirac, venido a Noya sobre 1830, y su propio suegro Luis Winchon, que dejó Picardía para establecerse en la misma localidad antes decasarse con una santiaguesa. También cabe mencionar a la familia Pestoni (o Pestonit), oriunda de la provincia de Como, en Lombardía (Italia), o la familia irlandesa Esmit (originalmente Smith), instalada en Noya a mediados del XIX.

Finalmente, mencionaremos a un individuo, olvidado por todos, que llegó a nuestras costas no por decisión propia, sino para salvar su cuello. Reproducimos textualmente su partida de defunción:

En diez y siete de marzo de mil ocho cientos veinte y siete en la quintana de Santa María la Nueva [de Noya] se enterró D. Nicolás Breton, presbítero cura que fue en Francia, emigrado en tiempos de la Revolución y residente en Noya ay [sic] veinte y nueve años. Era de edad de ochenta y cinco años, recibió todos los Santos Sacramentos y más auxilios, y asistieron todos los clérigos del pueblo y algunos religiosos por caridad, mediante era pobre. Murió en el día anterior“. [Rúbrica de Sebastián Rodríguez].

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2 respuestas a Las familias extranjeras del Barbanza

  1. Pingback: Los Cameros de Noya | El Rincón de la Genealogía

  2. Abel Pestonit dijo:

    muy buenas,
    querría saber en donde has encontrado la información relativa a la familia Pestonit.
    puedes contactarme en el siguiente correo: abel.pestonit@hotmail.com

    gracias

    Le gusta a 1 persona

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