…y antes de acabar el año, ¡una boda!

Interior de la Iglesia de San Martín de Noya (2014).

Interior de la Iglesia de San Martín de Noya (2014).

Tal día como hoy, hace 131 años, contraían matrimonio en la iglesia parroquial de San Martín de Noya (La Coruña) mis tatarabuelos Miguel Martínez y Manuela Pereiro. La fecha escogida, junto con la juventud de la pareja (ambos de 21 años) así como el historial de aquel noviazgo, dejan entrever una historia que bien podría tildarse de romántica, resultado de un largo y difícil proceso en el que la voluntad de los novios se había logrado imponer sobre las dificultades y los obstáculos interpuestos por sus respectivas familias.

No en vano, Miguel y Manuela parecían predestinados a acabar juntos, pues sus partidas de bautismo, fechadas ambas en agosto de 1863, se encuentran en la misma página (una en el verso, la otra en el reverso) del mismo libro de bautizados de la parroquia. Tan sorprendente hecho no deja de ser una mera coincidencia, pues en todo otro respecto parecerían ser completamente opuestos: la joven pareja pertenecía a clases sociales distintas. Miguel era hijo de un matrimonio excéntrico y acomodado; su padre, fallecido años atrás sin haber cumplido los 40 años, había sido procurador de Noya, carrera profesional que también seguiría su hijo, y descendía de numerosos notarios y escribanos que habían ejercido en varios puntos del Barbanza. No era una familia aristocrática, pero gracias a sus vínculos y posible lejano parentesco con varias familias hidalgas de la zona, su estatus social en la localidad gallega estaba garantizado. Por su parte, la madre de Miguel pertenecía a una familia de emprendedores librecambistas genoveses asentada en Galicia a finales del XVIII. Al morir su marido, la viuda se había lanzado a los brazos de un hombre más joven con quien (se decía) había contraído matrimonio en secreto, aunque su partida de defunción confirma que dicho matrimonio no se llegó a celebrar.

La familia de Manuela, en cambio, pertenecía a una clase mucho más baja, pero no por ello menos llamativa. Su madre era panadera, y había contraído matrimonio a los 22 años de edad con un hombre honrado pero igualmente humilde, pues era sastre y en tiempos llegó a regentar una taberna. Aquella pareja empezó su andadura como casados teniendo dos hijos, que desgraciadamente murieron a tierna edad; poco después, aprovechando una ausencia de su esposo, la joven madre tuvo un idilio con otro hombre cuya identidad no ha trascendido, y tuvo un hijo extramatrimonial como consecuencia. Su marido, descrito por su propio nieto como “un buenazo”, no sólo le perdonó a su mujer el adúltero desliz, sino que crió al retoño como si subpropio hijo fuera. La pareja, reconciliada como digo, llegaría a tener seis niños más, siendo mi tatarabuela Manuela la última de ellos.

Miguel y Manuela se debieron de conocer muy jóvenes, y el amor también debió de surgir pronto, pues en 1885 la muchacha quedó embarazada. Siendo ambos menores de 21 años (y por lo tanto, menores de edad según la legislación de la época), la pareja necesitaba permiso de sus respectivos progenitores para casarse – permiso que deducimos les fue denegado (Miguel tenía una relación difícil con su madre), o acaso se juzgó posponer la boda hasta que el padre primerizo pudiera mantener a su joven familia. El bebé, una niña, nació en diciembre de ese mismo año, y al ser hija de solteros, sólo podía ser inscrita en el Registro Civil con el apellido de tan sólo uno de sus padres. Normalmente a los hijos “ilegítimos” se les registraba con el apellido de la madre, quedando así legalmente desamparados de toda tutela y apoyo paterno.

Pero recordemos que Miguel y Manuela se querían, y planeaban un futuro juntos, por lo que en este caso Miguel quiso hacerse cargo de la pequeña y registró a su hija, de nombre Dalmacia, como hija suya. La identidad de la madre en el documento permaneció en blanco. No mucho después, Manuela decidió reconocer a aquella niña ante los ojos de la ley como hija suya, recogiéndose el hecho en una nota marginal en la partida de nacimiento. A tenor de los hechos posteriores, suponemos que la pareja tenía intención de casarse una vez ambos alcanzasen los 21 años de edad (es decir, en o poco después del mes de agosto de 1884). Desgraciadamente, entre ambos cumpleaños Miguel y Manuela tuvieron que atravesar por la amarga experiencia de perder a su hija, de diecinueve meses de edad, que falleció víctima de una tabes mesentérica (tuberculosis de las glándulas linfáticas abdominales).

Es posible que tan triste pérdida significase el retraso de los planes de boda, pero también pudo haber reforzado el deseo de ambos de unirse en matrimonio de una vez por todas. Así, unas semanas más tarde, un 31 de diciembre de 1884, Miguel Martínez y Manuela Pereiro se casaron ante la presencia de familiares y amigos. Aquel fue el comienzo de una unión fructífera y suponemos generalmente feliz, que produciría ni más ni menos que once hijos más. El matrimonio, que estuvo unido durante más de cuatro décadas, tuvo la dicha de ver crecer a todos sus hijos, pero también llegaron a ver morir de tuberculosis a dos de sus hijas, Joaquina y otra Dalmacia. Manuela falleció en 1926, a los 62 años de edad; su viudo la sobreviviría sólo ocho meses más, y hoy en día sus restos reposan juntos, con los de sus hijas, bajo un bonito ciprés en el pintoresco cementerio de Santa María la Nueva de Noya.

La iglesia parroquial de San Martín de Noya, en la Plaza del Tapal (2014).

La iglesia parroquial de San Martín de Noya, en la Plaza del Tapal (2014).

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