Román Martínez de Montaos (1776-1856)

La iglesia parroquial de San Vicente de Noal, en el Puerto del Son.

La iglesia parroquial de San Vicente de Noal, en el Puerto del Son.

En la singular fecha del 29 de febrero de 1776 vino al mundo en la villa coruñesa del Puerto del Son un lejano pariente mío, al que bautizaron al día siguiente con los nombres de Román Rosendo: para la posteridad sería conocido como Román Martínez de Montaos. Sus padres, ambos antepasados míos, eran María Rosa Blanco Jijón y Queiruga, y José Martínez Varela, el Escribano Real de la villa. La familia, de la cual Román era el sexto hijo y tercer varón, estaba socialmente bien posicionada en el pueblo, aunque está por probar si pertenecían a la hidalguía gallega como podrían sugerir los apellidos maternos. Lo que sí sabemos es que el futuro profesional de varios parientes estuvo condicionado por el cargo que ocupaba el mencionado padre de Román: otro de sus hijos, Alonso, fue Escribano Real de la Puebla del Caramiñal, Joaquín lo fue de Muros, un yerno (Manuel Joaquín de Ben) fue notario del Son y un nieto, Carlos Mariano de Ben, lo fue de Noya. Parece que el mundo notarial en la Península del Barbanza estaba totalmente dominada por mis antepasados…

Pero volvamos a Román Martínez de Montaos: tras estudiar Filosofía y Teología en el convento de San Antonio en la vecina Puebla del Deán, y posteriormente en la Universidad de Santiago de Compostela, el muchacho comenzó su vida profesional como funcionario cuando ingresó en la administración pública en 1805, siendo nombrado Oficial Agregado de la Contaduría General de Consolidación. Su interés por diversas disciplinas, entre las que cabe destacar la política y la economía, le llevó a publicar su primera obra, Memoria sobre las minas de oro, plata, estaño, cobre y plomo, seguido unos cuatro años después por su Extracto del Ensayo político acomodado a la actual situación de España, cuyo manuscrito original está custodiado en el Archivo del Congreso de los Diputados en Madrid.

Un año más tarde Román Martínez de Montaos ingresó en la Oficina de Renovación de Vales Reales, donde ascendió rápidamente a Oficial 2º. Sin embargo, la invasión napoleónica debió de trastocar sus planes así como su carrera, pues en junio de 1813 se había establecido en Cádiz, cuna del liberalismo español, donde presentó su Incompatibilidad de la Constitución española con el sistema de contribuciones indirectas que rige a la Junta de Real Hacienda. Restablecida la monarquía fernandina, nuestro protagonista fue nombrando Contador del Crédito Público de la provincia de Burgos, siendo cesado nueve años después, en octubre de 1823, cuando el Trienio Liberal fue abruptamente aniquilado y sus líderes, incluido el General Rafael de Riego, ajusticiados y condenados.

Fue por aquel entonces que Román publicó su Tratado de la circulación artificial de la moneda por medio de un crédito público verdadero, pero en aquellos años donde el futuro no auguraba buenos presagios y donde probablemente se vio obligado a vagar sin rumbo, le llegó la noticia desde su Galicia natal informándole de que su hermano mayor, Alonso, aquel Escribano Real de la Puebla del Caramiñal que ya hemos mencionado, había discutido y expulsado de casa a dos de sus hijos y a sus seis hijas “para gran escándalo de la humanidad”. Aquel episodio es demasiado extenso para ser relatado en este artículo, pero sólo apuntaremos que Román acabó contrayendo matrimonio con una de sus sobrinas, ya fuera por compasión, ya fuera porque entre ellos existiera algo más intenso que un genuino afecto entre tío y sobrina. Aquella unión no dio frutos, pero con seguridad a la novia le aportó una estabilidad emocional de la que no había disfrutado en muchos años en la casa paterna.

Con el aperturismo y progresismo que caracterizaron los últimos meses del reinado de Fernando VII, Román pudo ser readmitido en la Administración Pública, específicamente en la Comisión de Donaciones Reales y Diezmos Exentos, siendo nombrado jefe de dicha Comisión en octubre de 1830. Pasados los años, Román decidió jubilarse (rondaba ya los 60 años), y tanto él como su mujer decidieron establecerse en la ciudad de Vigo. Al ser elegido diputado a cortes por la provincia de Pontevedra, el ex funcionario tomó posesión de su cargo en 1841, año en el que también fue elegido presidente de las Cortes, aunque de forma breve y como interino. Su estancia en Madrid fue, en cualquier caso, breve, pues en mayo de 1842 solicitó una excedencia para regresar a Galicia, donde la salud de su esposa se comenzaba a resentir. Dos años languideció la mujer, carcomida por la tuberculosis que la acabó ahogando, en diciembre de 1845, con “un vómito de sangre”. Tenía 52 años.

Estudio de la vida y obra de Román Martínez de Montaos.

Estudio de la vida y obra de Román Martínez de Montaos.

Al no tener descendencia, Román testó en 1849 ante el notario Manuel Lodeiro, dejando como herederos a sus sobrinos y sobrinos-nietos: a su sobrina (y cuñada) Francisca Javiera, mandó que “se le den durante su vida cuarenta reales mensuales, y a su hermano don Ildefonso y su muger, y cada uno de sus hijos un vestido negro hecho, acomodado a su uso”. A otro sobrino llamado José Blanco legó “en toda propiedad la casa rentas bienes y derechos que tengo en el Son y parroquias inmediatas, y le ruego que me encomiende a Dios, y que mande decir después que yo muera en la Iglesia de Noal una misa por mi, mi esposa, y mis padres”. Adicionalmente, “(m)ando que tan luego como fallezca se avise a mi sobrina doña Joaquina Martínez Louro, para que pase a vivir y morar en mi casa de la Graña, donde se le dará para ello una habitación, que pueda ser el cuarto a la esquina del Norte, entregándole desde luego una cama con dos mudas de sábanas para si, y otra de criado: media docena de cubiertos de plata, dos manteles, media docena de servilletas, cuatro tohallas, mesa, sillas, y útiles de cocina, y un mil reales anuales para ayuda de su subsistencia: cuydará la casa y posesión poniéndose de acuerdo en todo, y para disfrutar lo que necesite para si de la huerta, con mi amada heredera. La asignación que la hago de los mil reales anuales del producto de mis bienes no podrá disfrutar no viviendo precisamente en la Graña, y todos los días visitará la capilla, y orará por el ánima de su prima mi esposa y por [la] mía, cuya obligación le impongo en retribución de esta gracia, que solo hago durante su vida, pues a su muerte todo recaerá en mi heredera…”. Como última disposición, Román añadió que “(d)espués de cumplido y satisfecho cuanto ba dispuesto en este testamento y memoria póstuma que se hallase nombro e instituyo por única y universal heredera de todos mis bienes, rentas, derechos, sueldos atrasados y todo cuanto me pertenece ahora y en cualquier tiempo a doña Luisa Martínez Escalada para
que los llebe disfrute y goce para siempre, con la obligación de que asista cuyde y auxilie a su hermana doña Olegaria mientras ecsista en el estado de accidentada en que se halla”.

Cruz de la Real Orden de Carlos III que Isabel II concedió a Román Martínez de Montaos en 1851.

Cruz de la Real Orden de Carlos III que Isabel II concedió a Román Martínez de Montaos en 1851.

El afectuoso gesto del tío Román hacia su sobrina Olegaria fue más breve de lo que él hubiera querido, pues la joven inválida falleció a los 25 años de edad. Su otra sobrina, y heredera universal, tuvo una vida más longeva, y murió en Vigo en 1913, habiendo enviudado previamente y dejando descendencia.

Por su parte, Román Martínez de Montaos tuvo un motivo de felicidad cinco años antes de su fallecimiento, pues en 1851 la Reina Isabel II accedió a concederle la Cruz de la Real Orden de Carlos III por su larga trayectoria sirviendo en el funcionariado, y en reconocimiento a sus estudios sobre economía que le hacen merecedor, si no de un monumento, por lo menos de un artículo en este blog.

Nota: Mando un agradecimiento especial a Clodio González Pérez, primera persona en haber estudiado en profundidad la vida, labor y legado de mi pariente Román Martínez de Montaos.

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