Divorcio a la Gallega

Viñetas satíricas sobre la vida conyugal, publicadas en "Vida Gallega" en 1929.

Viñetas satíricas sobre la vida conyugal, publicadas en “Vida Gallega” en 1929.

Cualquiera de los que hayáis accedido alguna vez al Archivo Histórico Universitario de Santiago de Compostela os habréis percatado de la enorme cantidad de  información valiosa que alberga ese repositorio de documentos. Aunque la página web deja bastante que desear debido a lo anticuado que se ha quedado el sistema operativo (no por dejadez del personal, sino por falta de medios), este archivo constituye una de las fuentes más importantes de las que disponemos los genealogistas de Galicia, por contener datos tan dispares como testamentos, protocolos notariales, limpiezas de sangre, expedientes académicos, etc.

Una vez, revisando un protocolo notarial de mediados del siglo XIX, di por casualidad con un nombre que me resultaba, literalmente, muy familiar. Se trataba de Cipriano de Lojo Romero, el hermano pequeño de uno de mis antepasados. Cipriano era el séptimo de diez hijos, y de acuerdo con su partida de matrimonio, celebrado en 1820, era cabo primero del [regimiento] provincial de Santiago de Compostela. La mujer con quien Cipriano había decidido casarse era Ignacia Sieira Barreiro, una convecina de la parroquia de San Vicente de Noal (Puerto del Son). La unión no parece haber agradado a todos, pues una tal Benita Patiño, vecina de la villa de Noya, manifestó su protesta contra la boda; de acuerdo con el acta matrimonial, “obtenida la licencia del Señor Provisor de este arzobispado por la rebeldía que ella haya hecho y no resultado otro impedimento alguno”, la pareja pudo por fin casarse. Qué tipo de relación mantenía la Patiño con nuestro protagonista es difícil de aseverar, aunque las posibilidades son varias.

Aquella pareja parecía de todo menos convencional. Ignacia era la madre de una hija ilegítima a quien su padre no había querido o podido reconocer. Cipriano debía de conocer la historia cuando se casó con su prometida, por lo que hemos de suponer que no le importaba que Ignacia tuviera un pasado (como quizá también lo tuviera él…). Así pues, la pareja, que no llegaría a tener hijos juntos, dio comienzo a su propia experiencia matrimonial.

La experiencia, parece ser, no fue del todo placentera. No tenemos datos sobre la vida privada de Cipriano e Ignacia, y en sus años de casados nada hace suponer que no fuera una pareja de lo más común. Los problemas debieron de manifestarse tiempo después de celebrarse la boda, hasta tal punto de que el matrimonio empezó a hacer aguas. Así, en septiembre de 1840 se presenciaron ante el notario sonense Manuel Joaquín de Ben, manifestando su común acuerdo de divorciarse. No alegaban mayores motivos que aquellos “procedentes de la fragilidad humana” y por ello solicitan ante el alcalde de la población poner fin a su unión. Dicho divorcio tuvo lugar ante el Juzgado de Primera Instancia, quedando así “cada cual en su plena libertad personal sin la menor dependencia el uno del otro, tanto más cuanto ya se cuentan de una crecida edad sin la menor sucesión legítima, por lo que ningún riesgo temen de su desunión.” Aquella ruptura, que era en efecto un divorcio legal en toda regla, y no una anulación eclesiástica, resulta sorprendente por lo inusual, y casi inaudito, en un país fervientemente católico en el que el divorcio fue introducido, de manera oficial y a nivel nacional, en los años 30 del siglo pasado.

Desconocemos qué llevó a la pareja a separarse, pero más sorprende el hecho de que menos de dos años después Cipriano e Ignacia se hubieran reconciliado. Así lo atestigua Cipriano en su propio testamento, fechado el 2 de febrero de 1842, que dice textualmente:

Declara haber contraído matrimonio in ynfacie eclesia con Ignacia Sieira su actual mujer de esta vecindad de quien en el día ni conserva la menor sucesión legítima ni esperanza de tenerla con derecho a herencia, y aun que [sic] por obcurrencias [sic] frágiles y desavenencias inseparables de esta vida humana, ambos cónyuges de mutuo consentimiento y aversión de compañía, en los veinte y seis días de septiembre del año penúltimo de mil ocho cientos quarenta, han otorgado la separación, y apartamiento, matrimonial en calidad de divorcio, previo juicio conciliatorio ante la autoridad local, formalizando peritalmente la división de sus intereses, es hoy el día no obstante que apropinado [sic] a la muerte, se hallan reconciliadas sus ánimas, y fraternalmente reunida la voluntad de ambos, se absuelven recíprocamente de todas las afrentas en que hayan incurrido, y el que dice por virtud de la presente escritura de su propia voluntad sin figura de persuasión, y en la mejor forma que cavida [sic] tenga en derecho, cerciorado del que en esta casa le pertenece, otorga que hace gracia y donación, pura, mera, perfecta, e irrevocable que el derecho llama intervivos [sic] de todos sus vienes [sic], deudas, derechos y acciones, genéricos y universales que hoy posee, y a su fallecimiento, le quedaren, a la Ignacia Sieira su mujer, cuya donación se hace con las restricciones siguientes…

Una de las cláusulas que Cipriano incluiría en aquel testamento “conciliatorio” era que, al fallecer su mujer, dichas propiedades que en vida habían sido suyas pasarían a su “nieto hijo natural” David Sieira, hijo de la hija que Ignacia había tenido antes de casarse con Cipriano. Así, éste aseguraba que aquel jovenzuelo, ilegítimo como su madre y desamparado por la ley y por la sociedad de todo cuanto privilegio existiera, por lo menos tuviera el futuro asegurado gracias a la donación de su “abuelo”.

Cipriano falleció unas semanas después de firmar aquella disposición testamentaria, a la edad de 56 años. Qué fue de Ignacia, Manuela y David Sieira es, a día de hoy, un misterio, pero si quedan descendientes de esa rama, espero que algún día conozcan la historia de sus antepasados.

Firma de Cipriano de Lojo tal y como aparece en su propio testamento en 1842.

Firma de Cipriano de Lojo tal y como aparece en su propio testamento en 1842.

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