La masacre del Liceo de Barcelona

Corría el año 1893. El 7 de noviembre, la burguesía barcelonesa se dio cita en el Liceo de la capital catalana, como era su costumbre, para asistir a una representación de la ópera Guillermo Tell, de Gioachino Rossini. La noche comenzó sin sobresaltos, y con la famosa obertura por la que la obra es mundialmente conocida.

Vista de la entrada del Liceo tras el atentado.

Vista de la entrada del Liceo tras el atentado.

Aquella noche el liceo estaba abarrotado; a la ópera habían asistido personalidades de todas las clases sociales, siendo las enjoyadas damas de la platea las que más destacaban gracias a sus adornados cabellos y sus alhajados ornamentos. Entre los asistentes había gentes destacadas de la sociedad burguesa catalana, desde políticos a aristócratas. Sin embargo, ninguno debió de reparar en los ocupantes de los asientos más baratos, que costaban una peseta, donde un hombre de aspecto desaliñado y huraño llamado Santiago Salvador Franch ocupaba su asiento. A pesar de los recientes atentados anarquistas que habían tenido lugar recientemente no sólo en Barcelona (como el ataque fallido contra el General Martínez Campos) sino en Europa entera, nadie presagiaba la tragedia que estaban a punto de protagonizar.

Santiago Salvador se encontraba a escasos metros de la platea, donde sus superiores sociales presenciaban el primer acto de la ópera. Para muchos de ellos la representación fue una desilusión, dada la baja calidad de la voz del tenor. Para una joven llamada Consuelo Guardiola Cardellach, en cambio, la noche era todo un acontecimiento, pues era su puesta de largo, y como tal ella era la protagonista indiscutible de la velada. Pocas horas después ella y sus parientes, que la acompañaban en el Liceo aquella noche, se desplazarían en carruaje para presentar a la joven a la sociedad catalana.

Esquela de Cayo Cardellach, sus hermanas Basilia y Nieves, su mujeres Mercedes, y su sobrina Consuelo.

Esquela de Cayo Cardellach, sus hermanas Basilia y Nieves, su mujeres Mercedes, y su sobrina Consuelo.

En el primer descanso, que tuvo lugar entre el I y II acto, Santiago Salvador decidió actuar. Los espectadores acababan de tomar asiento, y los cantantes habían empezado a pronunciar las primeras notas, cuando el anarquista lanzó la primera bomba orsini que había conseguido colar en el Liceo, sin despertar la más mínima sospecha. La bomba cayó en el centro de la platea, entre las filas 12 y 14, explotando al tomar contacto con el suelo. El estallido mató en el acto a siete personas, que probablemente ni se percataron de lo sucedido, y cuyos cadáveres permanecieron sentados en sus butacas durante gran parte de la noche. Los muertos eran una dama embarazada en la fila 12, dos caballeros y dos señoras en la fila 13, y un hombre y una mujer en la fila 14. Entre los muertos se encontraba la joven Consuelo Cardellach y varios de sus familiares.

El estruendo provocado por la bomba fue terrible, y la humareda posterior sólo consiguió añadir pánico a la confusión imperante. Entre aquel caos, no es de extrañar que nadie viese cómo el autor de la masacre, Santiago Salvador, lanzaba a la platea su segunda bomba orsini. Milagrosamente, la bomba aterrizó sobre la espesa falda de una de las víctimas de la primera explosión, y por lo tanto amortiguó los pistones de la misma, impidiendo así un segundo estallido. De hecho, nadie se percató de la existencia de la bomba hasta transcurridos varios minutos, cuando alguien la encontró bajo una de las butacas ensangrentadas.

Esquela de la familia Moreu.

Esquela de la familia Moreu.

Por doquier reinaba la confusión; los caballeros, engalanados con sus fracs, estaban desencajados buscando a sus esposas; las damas, que minutos antes se mostraban apacibles y coquetas, corrían de un lugar a otro despeinadas y víctimas de la histeria. Aquí y allá el suelo estaba salpicado de sangre, y por todos lados había enseres desperdigados sobre la alfombra, como abanicos, bolsos y programas de Guillermo Tell. Algunos asientos seguían ocupados por los muertos, otros por los heridos, algunos moribundos. Varios asientos quedaron destrozados por la explosión.

La noticia del trágico suceso pronto recorrió las calles de Barcelona, y en pocos minutos médicos y sacerdotes comenzaron a llegar para aliviar la triste situación de las víctimas. Paulatinamente varias personas malheridas fueron sucumbiendo a la gravedad de sus heridas sin que los galenos presentes pudiesen hacer nada por sus vidas. Aquellas personas más graves fueron trasladadas a los hospitales y hoteles más cercanos, aunque muchos llegaron ya muertos. El balance final del atentado fue de 22 personas muertas y otras 17 heridas de diversa consideración.

Lista de fallecidos y heridos, publicada en La Vanguardia en 1990.

Lista de fallecidos y heridos, publicada en La Vanguardia en 1990.

La bomba del Liceo conmocionó a toda España. Pronto comenzó una abusiva caza de brujas para dar con el culpable, que con suma tranquilidad había abandonado el Liceo para irse a casa, donde detalladamente le contó lo sucedido a su mujer, que quedó horrorizada.

El foyer del Liceo poco después del atentado.

El foyer del Liceo poco después del atentado.

Varias semanas tardó la policía en dar con Santiago Salvador, que se había refugiado en su pueblo natal, en la provincia de Teruel, pero el proceso contra la cúpula anarquista no dejó a nadie indiferente. Nadie se explicaba que un solo hombre fuese el autor de semejante atrocidad. Santiago Salvador fue finalmente apresado, ajusticiado y el 21 de noviembre de 1894, ejecutado. Además, otros seis líderes anarquistas fueron fusilados en Montjuic, y dos se suicidaron en la cárcel durante el proceso en el que, al menos técnicamente, eran en realidad inocentes. La causa de otros 16 anarquistas fue finalmente sobreseída.

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Una respuesta a La masacre del Liceo de Barcelona

  1. Rocío Sánchez del Real dijo:

    Excelente relato. No conocía ese episodio.

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