Galicia en los tiempos del cólera

Al final, mis tías van a tener razón: “no rebusques tanto en nuestros orígenes, que vas a acabar encontrando un pirata en la familia”, dicen. Admito que por el momento no he desenterrado pirata alguno, aunque sí me he topado con muchos personajes interesantísimos – y algún que otro episodio familiar que más habría valido dejar en el olvido. Pero, seamos sinceros, esa es precisamente una de las cualidades más fascinantes de la genealogía, pues nunca se sabe qué se puede llegar a descubrir. Ahí va un ejemplo.

Hace varios años, durante una de mis regulares visitas al Archivo Histórico Diocesano de Santiago, di por casualidad con una inscripción en uno de los libros parroquiales de Noya (Noia) que me llamó especialmente la atención. Se trataba de la partida de defunción de una sexagenaria llamada Juana Gudín de Agra, una prima carnal de uno de mis remotos antepasados a la que sobrevino la muerte el 26 de septiembre de 1854. La escueta anotación no tenía en sí nada de particular, si no fuera porque el día precedente una de las hijas de la difunta también había sucumbido a la misma enfermedad que ella: el cólera.

Extrañado por tan curiosa coincidencia, empecé a preguntarme si podría tratarse de una simple y trágica casualidad, por lo que decidí analizar el tomo en mayor profundidad y poder así corroborar mis peores sospechas. Tras peinar varias páginas del macabro volumen, pude comprobar que, lejos de ser Juana y su hija las únicas víctimas, en cuestión de días el cólera había acabado con la vida de decenas de personas en la localidad, cuatro de las cuales, descubrí, guardaban parentesco directo con mi propia familia.

Dadas las numerosas muertes que fui descubriendo causadas por el cólera, y a fin de averiguar si efectivamente estaríamos hablando de una auténtica epidemia, decidí consultar los libros sacramentales de otras parroquias y municipios colindantes para comprobar si la enfermedad se había propagado por otras localidades. Los resultados confirmaron mis presagios y, además, en el proceso di con otros dos parientes, hermano y sobrino respectivamente de uno de mis antepasados, que fallecieron en Muros a causa del cólera con menos de 48 horas de diferencia. Por lo tanto, al final de la mañana concluí que a finales de 1854 Galicia se enfrentaba a una auténtica pandemia colérica. Mi curiosidad y mi absoluta ignorancia sobre tan desdichado episodio en nuestra historia me llevaron a indagar en mayor profundidad.

El cólera (también conocido arcaicamente como “cólera morbo”) es una enfermedad infecciosa que se produce por la ingestión de alimentos o agua contaminados por la bacteria Vibrio cholerae. Tras un periodo de incubación muy breve, que suele oscilar entre unas horas y varios días, dicha bacteria produce una enteroxotina en el ser humano que le provoca una diarrea severa, indolora y acuosa, además de frecuentes y profusos vómitos y náuseas. En caso de no recibir atención médica urgente, dichos síntomas pueden provocar en el enfermo una deshidratación extrema, y ulteriormente conllevar a la muerte en cuestión de horas. En la actualidad, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda la ingesta continuada de alimentos y líquidos para así prevenir una deshidratación; afortunadamente, hoy en día contamos además con antibióticos y otros medicamentos que ayudan a prevenir y superar esta enfermedad. Sin embargo, a pesar de dichos avances, el cólera sigue encontrándose muy presente en países en vías de desarrollo, motivo por el cual está considerado un importante indicador del grado de desarrollo social en el mundo.

Los estudios históricos demuestran que durante los últimos dos siglos, en todo el mundo se han producido diez grandes epidemias coléricas, pero de ellas “sólo” seis llegaron hasta las costas españolas, si bien no todas ellas afectaron a la población gallega. La primera epidemia que causó víctimas en España surgió en 1826 en la lejana China (de ahí que también se haya conocido a esta enfermedad como “cólera morbo-asiático”); desde allí se propagó a la vecina Mongolia, adentrándose así en el Imperio ruso y alcanzado posteriormente el este y el sur de Europa, pasando luego al continente americano.

En varios cementerios de Galicia, como en el cementerio coruñés de San Amaro, yacen cientos de víctimas de la epidemia colérica que asoló Galicia en 1854-1855.

El segundo brote de cólera que afectó a España, y el objetivo principal de este artículo, surgió en la India en 1853, a partir de las aguas contaminadas del río Ganges. Sin embargo, en esta ocasión la enfermedad se extendió por Asia, África, América y Europa a un ritmo mucho más rápido, debido en gran parte al desplazamiento de tropas militares por todo el creciente Imperio británico, así como a las considerables mejoras en las comunicaciones marítimas.

En cuatro ocasiones más llegaría la temible enfermedad hasta nuestras latitudes. La última vez tuvo lugar durante la última etapa de la dictadura de Francisco Franco, aunque huelga decir que el número de víctimas en aquella ocasión fue infinitamente menor que en 1854-1855.

Como hemos dicho, el brote de cólera que afectó a Galicia en 1854-1855 surgió en la India en 1853. La enfermedad se propagó con gran rapidez por el subcontinente asiático gracias al movimiento de tropas británicas tanto en la India como en la región de Persia y el Golfo de Bengala. Además, la mejora en las comunicaciones, particularmente por vía marítima, entre Europa y el resto del mundo, ayudaron a que en cuestión de semanas llegasen a nuestro continente las primeras personas infectadas de cólera.

En Galicia, los primeros casos de cólera fueron identificados en Vigo a finales de 1853. En el mes de noviembre de ese año fueron internados en el lazareto de la Isla de San Simón tres tripulantes de un buque de guerra procedente de La Habana, el Isabel la Católica; todos ellos presentaban los mismos síntomas, y no cabía duda del diagnóstico: estaban aquejados de un violento caso de cólera. Las pocas y rudimentarias medidas sanitarias instituidas para contener la enfermedad resultaron ser sobradamente ineficaces e insuficientes, y pronto comenzaron a surgir nuevas víctimas en otras localidades como Redondela, Tuy (Tui) o Pontevedra. En cuestión de días las autoridades sanitarias constataron que la enfermedad se había propagado por el vecino reino de Portugal y por varios puntos de Castilla y de Extremadura, aunque bien es cierto que se logró extender con mayor facilidad por la costa que en el interior de la Península Ibérica. Así, en agosto de 1854 apenas se habían detectado casos en localidades como Madrid, mientras que en ciudades como Londres, Marsella o Barcelona ya contaban sus muertos por centenares.

Inicialmente, el brote de cólera no había demostrado ser tan virulento como cabría suponer, principalmente debido a la oportuna llegada del invierno. No obstante, la subida de las temperaturas en 1854 hizo que la enfermedad cobrase fuerza de nuevo, aumentando el número de contagios y fallecidos en toda Galicia. Ya entrada la primavera, el cólera consiguió penetrar en la Península desde Marsella a través del puerto de Barcelona, pasando a un contagio generalizado por todo el litoral mediterráneo español. De forma paralela, el movimiento de tropas militares en el sur contribuyó a avivar la enfermedad, sobre todo en Andalucía pero también en la capital del reino. En cuestión de semanas, todas las provincias españolas se vieron afectadas por la epidemia, aunque con índices de contagio y mortalidad extremadamente dispares, como veremos.

Pero volvamos a Galicia, objetivo principal de nuestro breve estudio. Tras la llegada del cólera al puerto de Vigo a finales de 1853, las autoridades locales se mostraron temerosas de una crisis comercial en la zona, producida por un boicot a los productos procedentes de los puertos gallegos. Por esta razón, se tomó la imprudente decisión de negar el origen colérico de la epidemia, insistiendo, por el contrario, en que las diarreas habían sido causadas por una desafortunada ingesta de ostras en mal estado. Estas medidas, o mejor dicho, la falta de ellas, junto con las precarias condiciones de vida de la sociedad –hacinamiento en las urbes, insalubridad doméstica, las malas cosechas del año precedente- contribuyeron a que la enfermedad ganase tiempo y terreno, extendiéndose de forma imparable por todo el agro gallego.

En cuestión de semanas, los niveles de contagio ascendieron de forma vertiginosa por toda Galicia, aunque bien es cierto que el porcentaje medio de enfermos en nuestra Comunidad era menor que en otras regiones españolas. Así, las cuatro provincias gallegas pasaron a ocupar el primer, tercer, quinto y séptimo lugar en el ranking de regiones españolas con menor porcentaje de “invadidos”; sin embargo, a pesar de este dato, proporcionalmente el cólera produjo un mayor número de muertes en toda Galicia en otras provincias y regiones con mayores indicios de enfermos, como Guadalajara, Teruel o la antigua provincia de Logroño.

Ante el creciente número de difuntos, las autoridades gallegas por fin decidieron actuar de forma contundente, publicando el Boletín del Cólera, periódico de circunstancias, que salía a la venta varias veces cada semana. Esta gaceta, que fue publicada en Santiago de Compostela por última vez el 1 de septiembre de 1854 (apenas unos días antes del fallecimiento de mis lejanas primas noyesas) tenía como principal cometido informar al pueblo llano sobre las medidas más eficaces para poder prevenir, identificar y combatir la enfermedad. Además de esta información, el Boletín también contenía una sección fija con datos sobre la evolución geográfica del cólera y el número diario de enfermos que caían víctimas de la terrible enfermedad en cada localidad.

Cuesta imaginar la reacción de nuestros antepasados ante la pavorosa llegada e inevitable propagación de la nueva peste, sobre todo teniendo en cuenta que en sólo un año antes la población gallega había pasado por otra grave epidemia causada por el tifus. No obstante, los datos de los que disponemos atestiguan del pánico generalizado del que debieron caer víctimas la mayor parte de nuestros ancestros. No es de extrañar que algunas ciudades quedasen prácticamente desiertas debido a la general desbandada popular hacia puntos del interior. Esta evacuación, llevada a cabo sin ningún tipo de control ni organización, contribuyó de forma involuntaria a la expansión del cólera por otros municipios y localidades de nuestra región. Una fuente de la época afirma que “La Coruña quedó reducida, cuando más, a 10.000 almas; sólo duró la fuerza de la epidemia 20 días, y en ellos murieron 2.026 personas”, aunque la falta de datos podría significar que la cifra de fallecidos real pudo haber sido mucho mayor. La misma fuente también afirma que “[f]altaban facultativos, la miseria no se atendía, las tiendas cerradas, nadie trabajaba, porque ninguno podía llegarse a un establecimiento de Beneficencia donde comer una sopa”.

El resultado del elevado número de muertes fue el inevitable colapso de los cementerios municipales, como el de San Amaro en La Coruña. Las fuentes de la época dicen que la enorme cantidad de entierros obligó, una vez repletos los nichos y los osarios, a que las autoridades locales tuviesen que sepultar los cadáveres en fosas comunes para luego poder cubrirlos con cal viva, a fin de evitar que los cuerpos se amontonasen y evitar así un número de contagios todavía mayor.

En algunos municipios gallegos, como en Noya (Noia), el elevado número de víctimas obligó a las autoridades eclesiásticas locales a enterrar a sus muertos sin pompa ni ceremonia, y a menudo, sin ni siquiera poder oficiar un funeral por el eterno descanso de sus almas.

Por otro lado, cabe mencionar que no todas las medidas tuvieron como propósito paliar los efectos físicos del cólera; también se tuvieron en cuenta las secuelas “psicológicas” que la enfermedad pudiera tener sobre la población gallega. Un buen ejemplo de ello fue la prohibición oficial de tocar a muerto las campanas en las iglesias parroquiales, con el fin de no torturar más a los aterrorizados y afligidos enfermos.

Afortunadamente, la catastrófica experiencia de algunas urbes como Vigo o la propia ciudad herculina sirvieron de buen ejemplo para otros núcleos de no menos importancia, como Ferrol, donde gracias a unas estrictas medidas de higiene pública y un riguroso control de los “forasteros” que atravesaban sus muros, sólo hubo que lamentar un reducido número de fallecidos. De forma progresiva y natural, el cólera comenzó a desaparecer del mapa galaico, hasta que a finales de 1855 se pudo dar por erradicada la epidemia.

Tras casi dos largos años de muertes, no cabe la menor duda de que la presencia del cólera a Galicia debió de suponer para nuestros antepasados un interminable y siniestro calvario. Todavía en el mes de julio de 1855 la enfermedad seguía causando graves estragos en varios puntos de la región, a pesar de los esfuerzos de los ayuntamientos por tomar las medidas preventivas necesarias por frenar el propago. Localidades como Puentedeume (Pontedeume) todavía sufrían los efectos del “azote del fantasma epidémico” un año y medio después de que el Isabel la Católica hubiese atracado en el puerto de Vigo.

Así, no fue hasta finales de 1855 que la amenaza del cólera hubo desaparecido de Galicia por completo. Aunque nos falten datos, se estima que el número total de enfermos rondaría las 18.000 personas, y el de fallecidos superaría los 5.300, cifra que posiblemente haya quedado muy por debajo de la cruda realidad. En el conjunto de España, donde el crecimiento demográfico quedó severamente ralentizado, se contabilizó un total de 236.477 víctimas mortales, cantidad que afortunadamente no se ha vuelto a registrar con ninguna epidemia posterior.

Las pérdidas personales sufridas tuvieron incalculables consecuencias económicas para la población gallega. En primer lugar, porque aunque el número de supervivientes fuese sobradamente mayor que el de fallecidos, muchas fueron las personas, tanto hombres como mujeres, que quedaron viudas debido a la epidemia, teniendo así que afrontar el difícil papel de mantener por sí solas a sus familias -por no mencionar a los cientos de huérfanos que se vieron obligados a mendigar para poder subsistir. Por otro lado, la llegada de la enfermedad a la región había forzado a las autoridades locales a llevar a cabo una serie de gastos extraordinarios difíciles de asumir en una zona con una economía tradicionalmente débil y limitada como era el caso de Galicia. No cabe duda de que los años de recuperación fueron tan duros como el período que duró la epidemia.

Desgraciadamente, la epidemia de 1854-1855 no fue la última ocasión en la que el cólera llegaría hasta nuestras costas, pero las cifras resultantes de los casos posteriores reflejan que el pueblo gallego estaba por entonces mejor preparado. La siguiente epidemia mundial (1865), arribada a España desde el puerto de Marsella, afectó de nuevo a muchas zonas del país, aunque milagrosamente en esta ocasión Galicia se salvó del contagio. Dos décadas después, tras una nueva oleada colérica, en Galicia sólo se hubieron de lamentar 64 muertes. En la actualidad, la repetición de una epidemia colérica en Galicia como la de 1854-1855 es –afortunadamente- extremadamente remota. Confiemos en que, en este supuesto al menos, la historia no se repita.

Referencias consultadas:

“El dantesco secreto de San Amaro”, La Opinión Coruña, 1-11-2012 [en línea]; disponible en <http://www.laopinioncoruna.es/coruna/2010/11/01/dantesco-secreto-san-amaro/434493.html>.

Organización Mundial de la Salud: Cólera [en línea]; disponible en <http://www.who.int/topics/cholera/es/>.

URQUIJO Y GOITIA, José Ramón de. Madrid ante la epidemia de cólera de 1854-1856 [en línea]; disponible en < http://digital.csic.es/bitstream/10261/32081/1/UrquijoGoitia_JR_MadridEpidemiaColera_1854_1856.pdf>.

VÁZQUEZ ARIAS, Juan Carlos. O cólera de 1854-1855 en Pontedeume [en línea]; disponible en < http://catedra.pontedeume.es/16/catedra1614.pdf>.

VIÑES, J.J.. El Dr. D. Nicasio Landa, médico oficial de epidemias en la de cólera de 1854-1855 [en línea]; disponible en <http://www.cfnavarra.es/salud/anales/textos/vol23/n1/salud1a.html>.

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2 respuestas a Galicia en los tiempos del cólera

  1. Johannes dijo:

    Artículo interesantísimo! Bravo!

    Le gusta a 1 persona

  2. Pingback: El Cementerio de San Amaro | El Rincón de la Genealogía

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