Las locuras de mi primo Salustiano

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La calle del Preguntorio, en Santiago de Compostela, donde residieron Salustiano Aseguinolaza y su esposa, Bonifacia Gudín de Agra.

El 16 de enero de 1854 falleció en Santiago de Compostela, a causa de un aneurisma repentino, mi pariente Elías de Agra. De estado soltero y profesión desconocida, el septuagenario debió de ser un hombre de negocios nato, pues en el momento de su fallecimiento, al no tener dependientes directos, contaba con holgura económica suficiente como para legarle a cada uno de sus hermanos que todavía vivían (tres en total) la cantidad de 10.000 reales. Además, a los hijos y nietos de cada uno de sus tres hermanos ya fallecidos también les daría 10.000 reales más.

Como es de suponer, todos cuantos parientes se vieron afectados por semejante benevolencia empezaron a mover hilos rápidamente para no quedarse sin su pedacito en el reparto. Bonifacia Gudín de Agra, sobrina del fallecido Elías, fue la encargada de repartir la pecunia entre sus numerosos tíos y primos. La buena de Bonifacia (nombre muy apto) era por aquel entonces una solterona que rondaba los 40 años sin que la vida pareciese ofrecerle grandes posibilidades de contraer matrimonio. Dado su papel crucial en el testamento del difunto Elías, es plausible suponer que Bonifacia residiese en la capital compostelana con su tío, e incluso cabe deducir que fue compensada acordemente por haber cuidado de él en vida.

Aunque Bonifacia no heredó el dinero directamente, puesto que su madre, María Rosa de Agra, hermana menor de Elías, aún vivía, Bonifacia se convirtió de la noche a la mañana en la heredera de aproximadamente 5.000 reales (unas 1.250 pesetas que valdrían década y media después, lo cual era una cantidad de lo más jugosa) de la noche a la mañana.

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El guipuzcoano Salustiano Aseguinolaza Aramburu, en sus años de madurez.

No sabemos si por amor genuino, o quizás por interés puro y duro, a los pocos meses de enterrar a su tío, Bonifacia decidió casarse con un joven vasco recién instalado en la capital compostelana. El mozo, de nombre Salustiano Aseguinolaza Aramburu, era nueve años menor que su prometida, pero su aire forastero y su mentón cuadriculado seguramente encandilaron a la devota y ahora potencialmente acomodada Bonifacia. La boda se celebró en la iglesia santiaguesa de San Fiz (San Feliz) de Solovio el 6 de diciembre de 1854, y la pareja se instaló en la Calle del Preguntorio, a escasa distancia de la afamada Catedral del Apóstol. Allí nacería la única hija del matrimonio, Matilde Aseguinolaza Gudín, que vino al mundo el 7 de octubre de 1855, once meses después de la boda. Poco antes, el 27 de septiembre de 1855, Bonifacia había perdido a su padre, Jacobo Gudín, hasta entonces residente en Noya y que sufría de hidropesía; la desgracia se cebó con la familia una vez más el 1 de noviembre siguiente cuando su viuda, María Rosa de Agra, fallecía a la edad de 74 años.

Pero volvamos a centrarnos en Salustiano Aseguinolaza. El flamante marido de Bonifacia era en aquellos tiempos un mero licenciado universitario, habiendo cursado la carrera de Farmacia en la Universidad Central (posteriormente Universidad Complutense) de Madrid, que finalizó en 1853. En 1858, cuatro años después de llegar a Galicia, lograría una plaza como profesor interino en la Universidad de Santiago, y finalmente cinco años más tarde conseguiría la cátedra en la facultad de Farmacia. Dicho triunfo pudo haber tenido lugar en reconocimiento por su tesis doctoral, titulada Paralelo entre los sistemas y métodos llamados naturales en botánica para deducir las ventajas de estos últimos en el estudio de la materia farmacéutica vegetal, que fue publicada en Madrid en 1861. A pesar de ello, Salustiano no brilló por sus publicaciones, puesto que son pocas las que se le atribuyen, aparte de su tesis; dichas escasas excepciones fueron recogidas en forma de breves artículos en el diario El Restaurador Farmacéutico.

Fue poco después de obtener la cátedra, a finales de 1865, cuando el comportamiento de Salustiano Aseguinolaza comenzó a extrañar a sus allegados y cuantos le rodeaban: ese mes se dirigió por carta al Rector de la Universidad, declarando que el Decano de Farmacia “era un obstáculo para que el interesado diera publicidad a trabajos científicos que habían de honrar a España”, al mismo tiempo que pedía la debida autorización para impartir una lección teórico-práctica en la que sabría exponer ciertas teorías que ayudarían a desbancar la base filosófico-química imperante en el mundo de la Farmacia. Aunque Salustiano recibió dicha autorización, el Rector atendió sus súplicas con cierta reserva. Poco después de tener lugar la lección, que fue analizada por una comisión de tres expertos, se le escribió pidiéndole que fuese “más circunspecto y comedido en su conducta pública y privada” (a qué se referían con estos avisos no lo podemos saber).

Con el fin de calmar el espíritu del catedrático, la Universidad decidió imponerle dos semanas de descanso que él no había solicitado ni deseaba; huelga decir que Aseguinolaza protestó ante la imposición, y pidió que se abriese un expediente aclaratorio. En su contestación, afirmó que “así como la mejor fruta suele ser la más picada por los pájaros, así los hombres más dignos pueden ser los más calumniados“. El 11 de enero de 1866 el público compostelano se hizo eco del asunto cuando Aseguinolaza escribió un artículo en La Iberia vilipendiando al Rector y al Decano, con la clara intención de ridiculizar a ambos.

Patio de Fonseca, cuyas baldosas Salustiano perforó para plantar árboles y arbustos, durante un periodo de demencia.

Patio de Fonseca, cuyas baldosas Salustiano perforó para plantar árboles y arbustos, durante un periodo de demencia.

Pronto la Junta de Decanos tomó cartas en el asunto, pero sus averiguaciones la llevaron aquel 6 de febrero a no proceder con las acusaciones contra Salustiano por no juzgarle responsable de sus actos; ello ocurrió días después de que Aseguinolaza hubiera sido detenido por la policía de Santiago en su domicilio (y probablemente ante su mujer e hija) por haber entrado en la tienda de D. Quirino Almoina, revólver en mano, obligándole a salir a la calle y luego apuntar contra un guardia municipal por juzgar que éste no cumplía con su deber. Al día siguiente, milagrosamente puesto en libertad, Aseguinolaza se dirigió acompañado de un jardinero hacia el claustro del Palacio de Fonseca (actual sede del Rectorado) donde se dispuso a cavar agujeros con el fin de plantar árboles y arbustos, levantando las baldosas y abriendo varios agujeros en el suelo de piedra. Sólo desistió en su empeño cuando el conserje le solicitó la debida autorización para ello.

El día 23 de ese mes de enero de 1866 Salustiano fue suspendido del ejercicio de su cargo para que se pudieran averiguar su estado de salud mental; pero para entonces Aseguinolaza había desaparecido de las calles de Santiago, puesto que había decidido pasar un tiempo en su pueblo natal de Idiazábal en Guipúzcoa; si Bonifacia y la pequeña Matilde le acompañaron o fueron cómplices en la fuga, no lo podemos asegurar, pero no hay rastro de su presencia en Santiago hasta años después. En Idiazábal, un médico acreditó que el catedrático cesado se encontraba en un estado de irritabilidad, exuberancia y exaltación manifiestos: Salustiano no dejaba de lamentarse de lo ocurrido en Santiago, y de no haber contado con el apoyo necesario para “sofocar una sublevación de trabajadores del ferrocarril”. Sin embargo, Salustiano parecía contento en su localidad natal, y sólo mostraba señales de excitación cuando se le preguntaba por Santiago de Compostela. El médico que le trató afirmó que Aseguinolaza se encontraba en plena posesión de sus facultades, y no dudaba de su plena recuperación a corto o medio plazo.

El final de la historia de Salustiano es, cuanto menos, sorprendente. Tal y como había predicho el galeno vasco, el enfermo sí acabó por recuperarse, y al poco tiempo reanudó su posición como catedrático en la capital compostelana. La paz duró poco, pues tres años después los problemas mentales que le aquejaban volvieron a manifestarse; Maximino Teijeiro, médico gallego, le concedió un permiso para trasladarlo a Idiazábal, donde pensaba que el paciente se encontraría mejor. Sin embargo Bonifacia, que parecería haber permanecido en la sombra durante aquel episodio, decidió que la estancia en Idiazábal no sería lo suficientemente provechosa para su marido, e ingresó a su esposo en un sanatorio psiquiátrico en la localidad francesa de Pau, al norte de los Pirineos. Una buena noche Salustiano consiguió fugarse, y no se le volvió a ver hasta que se presentó en su casa horas o días después. Tras este nuevo brote de demencia fue internado en otro centro de características parecidas en Zaragoza, donde estuvo recluido hasta principios de 1870. El mayo siguiente regresó a Santiago, aparentemente recuperado, pero dos años después solicitó una excedencia para poder ingresar en un manicomio vallisoletano.

Manicomio provincial de Valladolid, donde Salustiano estuvo internado un tiempo.

Manicomio provincial de Valladolid, donde Salustiano estuvo internado un tiempo.

El director de la institución confirmó que Aseguinolaza sufría una enfermedad hereditaria incurable que se manifestaba periódicamente; efectivamente, Salustiano estuvo en Valladolid un tiempo impreciso, pero sorprendentemente en 1875, y dando muestras de recuperación, fue nombrado Decano de la Universidad de Santiago. Ocupó el cargo durante sólo un año, pero de nuevo fue elegido para el puesto en 1877. Ocupó la plaza hasta 1883 y de nuevo de 1889 a 1890 como interino.

Sus últimos años transcurrieron en Santiago de Compostela, aunque no podemos asegurar si su demencia se manifestó durante aquel período. En la capital gallega fallecería en abril de 1893 su mujer, Bonifacia Gudín, a la edad casi 80 años. Salustiano, carente de quizá la persona que más le había cuidado en vida, falleció un año después a la edad de 72 años. De su hija Matilde sabemos que contrajo matrimonio después de haber fallecido sus padres. En agosto de 1894 se casó con su primo, Luis Agra Cadarso, licenciado en medicina y posteriormente Doctor en Medicina y Cirugía, además de arqueólogo. Los contrayentes estaban emparentados por ser el novio nieto de José Antonio de Agra, uno de aquellos tres hermanos a quienes Elías de Agra había legado 10.000 reales cinco décadas antes.

La pareja tuvo por lo menos un hijo al que llamaron (por supuesto) Salustiano en recuerdo de su abuelo materno. Su madre, Matilde, murió en Noya en 1941, pero qué fue del muchacho, si perpetuó la línea de los Agra/Gudín/Aseguinolaza, o si la demencia se volvió a manifestar en alguno de sus posibles descendientes, es todavía un misterio.

La mayor parte de la información en este artículo ha sido investigada por el autor, pero muchos datos proceden también del Anecdotario de los Primeros Años de la Facultad de Farmacia de Santiago de Compostela (siglo XIX): un recuerdo a sus profesores y alumnos distinguidos (J. Miñones Trillo, 2010, Madrid).

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