Galicia y la Primera Guerra Mundial

El pasado 28 de junio de 2014 se cumplieron 100 años del asesinato del Archiduque Francisco Fernando, el heredero al trono austro-húngaro, y su esposa, en el transcurso de una visita a la ciudad bosnia de Sarajevo. Las repercusiones políticas de aquel episodio no se hicieron esperar, y el ultimátum enviado por Viena a Belgrado, perpetrador de las dos muertes, desencadenaron una oleada de cruces diplomáticos que desembocarían en una declaración de guerra. Uno por uno, la mayor parte de los Estados europeos se vieron envueltos en una guerra que muchos esperaban pero cuya envergadura y consecuencias nadie podía haber presagiado.

Por diversos motivos, España se mantuvo al margen de la contienda, o mejor dicho, mantuvo la neutralidad política (que no ideológica) para con las potencias beligerantes. Desde hacía varias décadas, España se había aislado en la esfera internacional debido en gran parte a sus problemas internos, la inestabilidad de su clase política, y la pérdida de sus últimas colonias históricas en 1898. Tampoco tenía España motivos suficientes para entrar en la guerra; sin un imperio colonial ni aspiraciones territoriales en Europa, no existían razones por las que España debía tomar parte en el conflicto.

Sin embargo, la neutralidad política no significó ni mucho menos indiferencia hacia la contienda. Galicia, como otras regiones españolas, se vio afectada por la guerra, como veremos a continuación.

gaceta

Detalle de la portada del 9 de agosto de 1914 de “La Gaceta de Galicia”.

Galicia, por su situación geográfica, se convirtió en un punto muy concurrido de la flota alemana, que envió a la zona un incontable número de submarinos, aunque ello significara violar la neutralidad de las aguas españolas. El objetivo principal de aquella marina sumergida era, claro está, hundir el mayor número posible de buques enemigos. Un estudio, llevado a cabo por el Ministerio de Defensa en 2008, revela que en la costa gallega se llegaron a hundir hasta 124 buques torpedeados por submarinos enemigos; la tasa de muertes durante estos naufragios probablemente nunca se llegue a conocer, aunque sí sabemos que muchas de las víctimas, al ser protestantes, eran enterradas fuera de los cementerios gallegos. En el resto del país se contabilizaron hasta casi 300 otros hundimientos, número notablemente alto si lo comparamos a los 100 que se hundieron durante la Segunda Guerra Mundial en nuestras costas; parece ser que la planificación y la existencia de convoyes tuvo mucho que ver en este decremento de naufragios. En cambio, sólo se contabiliza un único submarino alemán hundido durante la Primera Guerra Mundial; su pecio se encuentra hoy en las aguas de la ciudad de Ferrol, y se fue a pique por mano y obra de su propia tripulación, que decidió hundirlo cuando fueron apresados por un buque español.

Como en todos los demás países, beligerantes o no, la vida seguía su curso. Muchos españoles, faltos de trabajo y por lo tanto de recursos, se vieron obligados a buscar oficio a bordo de navíos extranjeros. Muchos de ellos lo hicieron yendo a los principales puertos españoles, donde las posibilidades de encontrar un puesto eran mayores que en el interior. Ferrol, Huelva, Santander, Bilbao… En cada uno de ellos confiaban encontrar promesas de una vida mejor.

Algunos de aquellos hombres que tuvieron la suerte de encontrar trabajo caerían víctimas de la cruel guerra europea. Algunos, como José Ulgar León, un cocinero sevillano de 28 años, consiguieron trabajo en barcos tan conocidos como el RMS Lusitania, de bandera británica. José, y otras 1.200 personas, fallecieron ahogadas cuando el 7 de mayo de 1915 el transatlántico fue torpedeado frente a las costas irlandesas por un submarino alemán. La muerte de 128 estadounidenses que iban a bordo propició la entrada en la guerra de los Estados Unidos, neutrales hasta aquel entonces.

El hundimiento del Lusitania se cobró la vida de cientos de personas, entre las cuales se contabilizaban varios españoles.

El hundimiento del Lusitania se cobró la vida de cientos de personas, entre las cuales se contabilizaban varios españoles.

El hundimiento del Erindring, un barco danés, tan sólo un mes antes del fin de la guerra, se cobró la vida de toda su tripulación, entre la cual figuraban seis marinos españoles. Dos de ellos eran gallegos: Bernardo Estévez, vecino de Tuy, y Teodomiro González, de Vigo. Como ellos, un centenar de españoles al servicio en buques británicos no vivieron para contarlo.

Nada más estallar la guerra, una veintena de buques de países beligerantes decidieron recalar en Galicia, aprovechando que eran los puertos neutrales más cercanos. Allí permanecerían, atracados, durante los próximos cinco años.

Pero los efectos de la guerra no sólo se dejaron ver en la costa. Los principales núcleos portuarios (La Coruña, Vigo, Villagarcía y Ferrol) se convirtieron en centros de espionaje (hoy sabemos que hasta Mata Hari pasó una temporada en Vigo).  Estos espías, tanto de un bando como del otro, no eran profesionales, pero sí resultaron efectivos. Después de que los británicos cortasen el hilo telegráfico submarino que conectaba la ciudad de Vigo con Emden (Alemania) en agosto de 1914, la comunicación entre Galicia y otros puntos de Europa se había complicado. Por ello, muchos espías de ambos bandos contactaron con los diversos consulados y embajadas en el país, desde donde comunicaban aquellos hechos de interés que les pudieran ser de utilidad.

La red de espías se extendió por gran parte de Galicia. La Coruña parecía ser su eje central, dirigido a distancia por el embajador francés en Madrid, y alrededor del cual giraban las cuatro ramas de Vigo, Ferrol, Villagarcía y Corcubión. En 1917, y bajo presión de los aliados, el gobierno español decidió retirar el cable telegráfico a todos los buques alemanes atracados en Galicia. Año y medio después, Alemania perdería la guerra.

El consulado alemán en Vigo hizo todo lo posible por reclutar la mayor cantidad posible de hombres de nacionalidad alemana asentados en el distrito. Dado que la edad límite para alistarse era de 45 años, pocos eran los varones que pudieron evitar el llamamiento. No queda constancia, en cambio, de que el consulado británico obrase de forma semejante.

Pieza informativa anunciando el reclutamiento de varones menores de 37 años en el consulado austro-húngaro en Vigo.

Pieza informativa anunciando el reclutamiento de varones menores de 37 años en el consulado austro-húngaro en Vigo.

La entrada del vecino Portugal en la guerra en 1916 forzó a que muchos alemanes se refugiaran en Galicia. Muchos confiaban poder volver a su país de origen, pero pocos lo consiguieron. Un grupo de 20 marinos se aventuró a navegar hasta el Mar Báltico en una veleta, el Virgen del Carmen, y con dicho propósito abandonaron el puerto del Villagarcía en octubre de 1916. Jamás llegarían a su destino, pues un buque inglés se cruzó en su camino en el Canal de la Mancha.

Pero no todos los efectos de la guerra fueron negativos o siniestros. La industria, por ejemplo, mejoró mucho la coyuntura europea y hubo una explosión de producción en el textil catalán, las armas vizcaínas, la minería asturiana y, ya en Galicia, la pesca y la conserva. Estos productos eran exportados en grandes cantidades a los países beligerantes, y durante varios años Galicia conoció la bonanza económica.

La guerra también provocó cambios en la prensa. Se calcula que al final de la contienda entre 80 y 100 periódicos de provincias en España estuvieran en manos de franceses, los cuales se dedicaban a publicar listas negras de periódicos germanófilos.

La guerra acabó oficialmente en noviembre de 1918, habiendo generado millones de muertes en toda Europa. España, Galicia incluida, no supo o no pudo mantenerse al margen del enfrentamiento. Sus efectos hoy apenas se pueden palpar, pero seguramente, hace cien años, pocos gallegos podrían haber ignorado el hecho de que Europa se desangraba en la peor guerra de la historia mundial.

Bibliografía y artículos recomendados:

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