Recordando a Manolito

Recuerdo que de niño, cuando comenzaba a investigar mi árbol genealógico, le solía preguntar a mi madre sobre sus tíos. Dado que mis bisabuelos tuvieron muchos hijos, para mí resultaba un tanto frustrante no saber distinguir quién era quién cuando asistía a reuniones familiares, cumpleaños, bautizos, bodas y funerales.

De entre todos los nombres que oía repetir una y otra vez, había un caso en particular que me intrigaba: el del hermano mayor de mi abuela, Manuel (conocido como Manolito por sus allegados), al que yo jamás llegué a conocer. En más de una ocasión oí de los labios de mi madre cómo Manolito había muerto en un accidente de coche (“en una época en la que casi no había coches”, decía ella), y podía imaginar perfectamente las circunstancias del accidente, como si yo mismo lo hubiera presenciado.

Manolito nació en la villa coruñesa de Puerto del Son (hoy Porto do Son) en 1915. Era el segundo hijo de la pareja formada por mis bisabuelos Pepe y Lola, cuya primogénita había nacido un año antes en la vecina localidad de Noya (Noia). La familia deambuló por Galicia durante varios años debido a la profesión de mis bisabuelos, pues ambos eran maestros por aquel entonces, además de la labor de abogado que ejercía mi bisabuelo. Tras residir un tiempo en Ribadeo (Lugo), Pepe, Lola y sus siete hijos se acabaron afincando en La Coruña, donde nacerían cuatro hijos más (sin contar una niña, que nació muerta a finales de los años 20).

 

Manolito era el mayor de los varones, y por las fotografías que he visto de él, era un muchacho sonriente y alegre al que parecía gustarle disfrutar de las vacaciones familiares en el Son junto a sus hermanos menores. Físicamente, Manolito se parecía a su madre, pues era tan moreno que en algunas fotos parece negro, y su pelo era extremadamente ondulado, dándole una apariencia casi morisca (¿quién sabe si tenemos algún gen africano merodeando por ahí?). A los siete años Manolito hizo su Primera Comunión, ocasión para la cual posó en un estudio fotográfico vistiendo un flamante traje blanco con un gran lazo atado al brazo izquierdo. Más de 70 años después recuerdo a mi madre contándome que ella y sus hermanos habían encontrado dicho lazo en el desván de mi abuela (fallecida poco antes), pero que éste estaba tan deteriorado que se deshacía al tacto.

Al contrario que sus hermanos Dolores, Juan y José, que estudiaron derecho, Manolito decidió decantarse por la carrera de periodismo, que nunca llegó a completar pero que era una profesión a la que su padre estaba muy ligado, ya que además de abogado y maestro ejercía también como director del diario El Ideal Gallego. De haber vivido más, estoy seguro de que Manolito habría llegado a ser un conocido periodista en Galicia, o que por su edad y firmes convicciones religiosas hubiera decidido jugarse la vida luchando en la Guerra Civil, que estallaría menos de un año después de su temprana muerte.

 

A comienzos de octubre de 1935, Manolito y dos amigos, Miguel Ruiz Alarcón y José Otero Cagigal (algunas fuentes apuntan a que éste se llamaba Vicente), decidieron viajar a Madrid. Escogieron visitar la capital aquel fin de semana del 12 porque en la Academia de la Lengua Española se celebraba oficialmente el primer Día de la Hispanidad, evento que fue descrito por una publicación de la época de la siguiente manera: “«La conmemoración de la fiesta de la Hispanidad. Con gran brillantez se ha celebrado este año el día de la Hispanidad. Toda España se ha sumado a su conmemoración. Y no solamente en España. En América, ni qué decir. En cuanto al extranjero, allí donde existe un núcleo de españoles se han reunido y han brindado por la raza española.» Si, como sospecho, mi tío-abuelo Manolito estuvo presente en la Academia de la Lengua aquel 12 de octubre, seguramente pudo disfrutar del discurso sobre el descubrimiento de América que dio el diplomático y escritor Ramiro de Maeztu, que sería asesinado un año más tarde por milicianos republicanos.

Para un joven cultivado y aspirante a periodista como lo era Manolito, aquel evento debió de ser tan emocionante como inolvidable, y quién sabe si llegó a comunicarse con sus padres desde la capital antes de emprender el camino de vuelta para relatarles lo que había visto y oído.

 

Pero ante el comienzo de una nueva jornada laboral, Manolito y sus dos amigos se vieron obligados a volver a La Coruña, donde les esperaban sus respectivas responsabilidades profesionales: José Otero trabajaba para el Banco Pastor, mientras que Miguel Ruiz sólo consta como “empleado” en la prensa de la época. Los tres muchachos dejaron Madrid el lunes 14, muy de madrugada, a fin de llegar a La Coruña lo antes posible.

Dicen (tanto los periódicos de entonces como la historia que ha llegado hasta mis oídos) que mientras los dos otros ocupantes del coche descansaban, el conductor y dueño del automóvil, José Otero, se quedó dormido al volante, y en el descuido empotró el vehículo contra un pino en la zona conocida como Pinar de Antequera, a la entrada de la ciudad de Valladolid.

Los tres jóvenes quedaron gravemente heridos como resultas del accidente; Miguel y Manolito sufrieron una fuerte conmoción cerebral con shock traumático, y fueron trasladados a la Casa del Socorro de la capital vallisoletana, donde Miguel Ruiz Alarcón, de 22 años, falleció minutos más tarde. Manolito, con 20 años recién cumplidos, murió a las seis de la madrugada de ese fatídico día. A pesar de la gravedad de sus heridas, sólo José Otero logró sobrevivir al accidente.

 

Las familias de los tres jóvenes fueron notificadas de lo sucedido inmediatamente  mientras que en La Coruña se vertían los primeros detalles del accidente, pues todos ellos pertenecían a conocidísimas familias de la ciudad. Aunque no estoy completamente seguro, es muy probable que fuera mi bisabuelo, el padre de Manolito, quien fuera a recoger el cadáver de su hijo y lo trasladase a Galicia.

El entierro del malogrado Manolito tuvo lugar en el cementerio municipal de San Amaro el 17 de octubre ante la apenada mirada de un gran número de personas, entre quienes se encontraban muchos jóvenes pertenecientes a las Juventudes Católicas, en las que mi tío-abuelo era activo militante.

Noticia publicada por el diario ABC el 16 de octubre de 1935, adelantando el accidente ocurrido en Valladolid. Fuente: Hemeroteca ABC.

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