Un Viaje de Novios

“¿Será cierto que a veces se complace el Destino en que por extraña manera, por sendas torturosas, se encuentren dos existencias, y se tropiecen a cada paso e influyan la una en la otra, sin causa ni razón para ello?”

Aquellas palabras, tan ciertas entonces como lo son ahora, fueron plasmadas por la novelista gallega Emilia Pardo-Bazán en su insigne obra Un Viaje de Novios. Es probable que mi abuelo, lector adepto de las novelas de Doña Emilia, conociera aquellos renglones cuando se decidió a emprender su propio viaje de novios.

scan1Corría el año 49 del siglo pasado. España continuaba recuperándose del trauma que había supuesto la Guerra Civil. Mi abuelo, un joven mozo por entonces, se había criado huérfano de madre en una casa dominada por su padre y su tía Amalia, una solterona que había criado a mi abuelo y sus hermanos como una especie de bondadosa madrastra tras la muerte de su hermana durante la guerra. No puede decirse que, incluso en sus años de juventud, mi abuelo fuese guapo, pero su semblante sonriente en casi todas las fotos que de él sobreviven dejan entrever una persona activa, risueña y animada. Su grupo de amigos, su “pandilla”, probablemente lo fuera todo para él en aquellos años de tristeza que fueron los de su orfandad y la posguerra, y fue gracias a uno de sus amigos que conoció a la que había de convertirse en la mujer de su vida: mi abuela.

scan4Mi abuela, que sí fue una belleza en su juventud, había tenido al menos un novio con anterioridad a conocer a su futuro marido. Esa primera relación, que inicialmente parecía prometer, acabó naufragando, y finalmente fue mi abuelo el que logró ganarse la mano de la joven.

Mi abuelo no era rico (no hacía mucho que se había graduado en la Escuela de Comercio y comenzaba a labrarse su propia carrera profesional), pero gracias a las rentas que le aportaba la casa que su padre tenía en Cuba pudo permitirse una vida con ciertos caprichos. Su viaje de novios no iba a ser menos.

Parece ser que ante la indecisión de mi abuelo, mi abuela le dio un ultimátum y, con los resultados deseados: se vistió de blanco y se convirtió en su mujer un día de noviembre de 1949 en la ciudad de La Coruña. La lista de invitados, que todavía tengo en mi poder, incluye no sólo a las respectivas familias (menos a la pobre tía Amalia, que acababa de fallecer), sino a un considerable número de amigos y vecinos a los que mis abuelos tratarían durante muchos años.

La boda se celebró a las diez y media de la mañana, como era costumbre (en tiempos las bodas se celebraban muy temprano, porque era obligatorio ir en ayunas). No sé si hubo un banquete para todos los invitados (es posible que los gastos los guardasen para la luna de miel). Inexplicablemente, como si supiera que algún día yo me interesaría por ellos, mi abuela guardó todos los recibos y billetes de su viaje de novios, lo cual me ha permitido saber dónde estuvieron y qué hicieron en las semanas inmediatamente posteriores a la ceremonia.

El mismo día 24 mis abuelos salieron (casi seguro que en tren) hacia Santiago de Compostela. Allí se hospedaron en el Hotel Compostela (hoy en día un hotel de cuatro estrellas), donde las facturas reflejan su consumición en el “hall” (un té y una naranjada el primer día, un coñac el segundo…) e incluso sus “conferencias telefónicas” el día 24, día de su llegada, por un montante de 3,30 pesetas (probablemente para anunciar a sus familias que habían llegado a su primer destino).

scan2El día 26 partieron para Vigo, donde seguramente se encontraron con parientes del novio, y se hospedaron en el Hotel Continental (el mismo en el que 37 años antes se había hospedado la propia Emilia Pardo-Bazán) y dos días después tomaron en tren coche-cama rumbo a Madrid. Los recibos atestiguan sus consumiciones y la vida distendida y relajada de la que disfrutaron durante el viaje: dos comidas, un clarete, gaseosa, cafés… ¿Coste final de las consumiciones? ¡Casi 100 pesetas de entonces!

scan3A su llegada a Madrid la pareja de recién casados se hospedó en el Hotel Bristol. Aprovecharon la estancia en Madrid para visitar teatros (Historia de una escalera, de Buero Vallejo, en el Teatro Español; Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, en el Teatro Nacional María Guerrero…), aunque también hubo momentos para disfrutar de espectáculos algo más frívolos, como el Desfile de Fantasías de “la famosa super-vedette Mary Merche” en el Teatro Lope de Vega, o un bolero de Gloria Lasso en el Salón-Bar Americano Erika, mientras que en el Teatro Alcázar asistieron a una opereta. Las facturas del Bristol atestiguan de la buena vida que se dieron mis abuelos durante su estancia en la capital: no sólo pagaron la habitación y los desayunos correspondientes a cada jornada (ocho días en total se hospedarían allí), sino que también tuvieron que hacer frente a gastos de lavado de ropa, llamadas telefónicas…

Mis abuelos, en El Retiro, durante su viaje de novios, 1949.

Mis abuelos, en El Retiro, durante su viaje de novios, 1949.

En Madrid también coincidieron con la hermana favorita de mi abuela y su (futuro) marido, quienes dejaron como recuerdo de la visita una curiosa y entrañable nota que dice: “Recuerdo de vuestra luna de miel y de nuestra luna de melocotón con nata.” Otro de ellos escribió: “Y con esperanza de tienda de campaña”. Mi abuelo, por su parte, añadió: “Al final marcha nupcial. Un día feliz.” Mi abuela, no menos romántica, escribió: “Días como este hay pocos en el año. Soy feliz.” Era el 4 de diciembre de 1949.

No acabaría ahí el periplo de mis abuelos, pues pronto emprendieron el viaje de nuevo, esta vez con destino a Valencia. Allí, de nuevo, se establecieron en un hotel (en esta ocasión, el Hotel Londres, donde se quedaron hasta el día 11). Resultado de la estancia: 1.216 pesetas sólo en gastos de hotel.

La vuelta a Galicia, y a la vida diaria, se realizó vía Madrid, pero no parecían tener prisa, pues el día 18 y 19 de diciembre encontramos de nuevo una factura del Hotel Bristol. De ahí partieron a las 17.25 de la tarde, rumbo a La Coruña, a donde llegarían al día siguiente, y a tiempo para pasar sus primeras navidades juntos y en familia.

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¿De qué Ronquete desciendes?

A falta de documentación que lo contradiga, puedo aseverar con bastante confianza que todos en España cuantos portamos el nombre de familia Ronquete entre nuestros apellidos (o entre los de nuestros antepasados) estamos emparentados. Ello se debe a que el apellido Ronquete, genovés en su origen como ya he escrito anteriormente en varios artículos, fue introducido en España (y concretamente en Galicia) por un ciudadano oriundo de la ciudad italiana allá por la segunda mitad del siglo XVIII. La falta de documentación no nos permite saber si este personaje, Nicolás Ronquete, llegó a las costas gallegas acompañado de otros genoveses, ni siquiera si vino con algún que otro pariente. En cualquier caso, hasta la fecha no se han encontrado pruebas que indiquen nada al respecto: Nicolás Ronquete, por lo tanto, vino a España solo.

No nos detendremos aquí ante las posibles razones que empujaron u obligaron a este aventurero genovés a dejarlo todo en su ciudada natal y asentarse en una región con la que, aparentemente, no tenía lazos personales ni profesionales. Sea como fuere, Nicolás arribó a la villa marinera de Noya, en la actual provincia de La Coruña, en torno al año 1770, y fue seguramente allí o en un pueblo cercano donde contrajo matrimonio con una oriunda, Manuela da Costa.

Gracias a los libros parroquiales que se custodian actualmente en Santiago de Compostela, sabemos que Nicolás y Manuela tuvieron hijos en al menos cuatro ocasiones entre 1784 y 1793. A ellos, pues no sabemos si entretanto hubo más hijos que no llegaron a ser bautizados, debemos sumar un hijo más, llamado Francisco Miguel, nacido en fecha desconocida (es muy probable que Francisco Miguel fuese el primogénito de la pareja, ya que lo encontramos citado en 1799, cuando contrae matrimonio en la iglesia parroquial de San Martín de Noya).

A partir de esa primera generación de Ronquetes nacidos en España, la familia comenzó a ramificarse y a poblar diferentes puntos de la localidad coruñesa. Sabemos que el hijo menor de la pareja falleció a tierna edad sin haber producido descendencia, por lo que la continuidad de la estirpe llegó a depender únicamente de sus cuatro hermanos mayores. Josefa, la única hija, contrajo matrimonio en 1813 y tuvo, que sepamos, al menos dos hijos varones que portaron el apellido Rey Ronquete. El apellido genovés se pierde, consecuentemente, a través de esta rama femenina, que se perpetuó hasta al menos la mitad del siglo XIX, cuando nacieron tres nietos de Josefa: José Luis Rey Rodríguez (1838-¿?), María Pilar Josefa Rey Rodríguez (1840-¿?) y Josefa Rey Rodríguez (1848-¿?).

Las familias de los tres hermanos restantes, Francisco Miguel, Rafael y Manuel Gabriel, son más fáciles de documentar gracias a lo único que es su apellido en la zona. Como ya he dicho con anterioridad, cualquiera que porte el apellido en España, ya sea Galicia u otra región del país, seguramente sea descendiente de uno de los tres hermanos, e invito a quienquiera que lea estas líneas a que me contacte y analicemos sus orígenes para demostrar así esta teoría y nuestro parentesco.

Volviendo al tema principal, he aquí una breve reseña de las vidas de los tres hermanos Ronquete, y de su amplísima descendencia:

Francisco Miguel Ronquete (c.1776-1820) era vecino de la Plaza del Tapal de Noya. Sus actividades financieras, gracias a las cuales cobraba intereses (lo cual era ilegal en aquella época), nos dan a entender que era prestamista, lo cual él disfrazaba a través de una curiosa artimaña: primero compraba propiedades a sus clientes, pero transcurridas varias semanas se las volvía a vender a su anterior propietario por un precio más elevado, o bien realizaba contratos de retrocesión de compra. Desconocemos la causa que le llevó a la tumba en 1820, aunque sabemos que testó antes de fallecer y que recibió los sacramentos de penitencia y comunión, por lo que se deduce que la muerte no le debió de sobrevenir repentinamente. En el terreno personal sabemos que contrajo matrimonio con la noyesa Josefa de Agra, que le daría dos hijos: Domingo Antonio y Ventura, ambos adolescentes cuando falleció su padre. El mayor de ellos, propietario de profesión, dejó amplia descendencia de su matrimonio, siendo mi línea la que descendiende de una de sus hijas. El menor, fallecido con 37 años, dejó tres hijos: Cesáreo (que sería médico), Ramón (que llegó a ser alcalde de Noya) y Pilar, casada con Alejandro Cadarso Rey (hermano del afamado Luis Cadarso) y madre de, entre otros, el diputado provincial y gobernador civil Alejandro Cadarso Ronquete.

Rafael Ronquete (1785-1818), de profesión desconocida, falleció prematuramente al ahogarse frente a las costas de Matasueiro. De su matrimonio con Isabel Saborido dejó cinco hijas (de las cuales al menos una falleció joven) y un hijo nacido póstumamente. Sólo dos de ellas parecen haber tenido descendencia: María (casada con Manuel Moares Briones) tuvo al menos seis hijos, mientras que su hermana María Josefa (casada con el notario eclasiástico Francisco Cándido Salanova Abad) tuvo siete. Una descendiente de esta rama, Mercedes Salanova Ronquete, se casó con su primo Eduardo Ronquete Paseiro, descendiente de Manuel Gabriel Ronquete, que sigue.

Manuel Gabriel Ronquete (1789-1865) fue el último de sus hermanos en fallecer. Casado con Juana Gudín de Agra (sobrina de Josefa de Agra, que como hemos visto estaba casada con su hermano mayor), enviudó en 1854 durante la epidemia de cólera que asoló Noya y acabó con la vida, además, de su hija Ramona. La pareja tuvo nueve hijos, de quienes descienden los Ronquete de Gran Canaria, Cádiz, Argentina y de Nueva Orleans. De una de esas ramas descienden los rebeldes Ronquete de Santa Cristina de Barro (Noya), que protagonizaron más de un escándalo y altercado con las autoridades a comienzos del siglo XX. De otra rama desciende Pilar Ronquete Calo, sobre quien he escrito un breve artículo, murió ahogada en Noya en 1972.

Para leer más sobre esta interesante familia, os invito a visitar mi página sobre el Proyecto Ronquete.

La iglesia parroquial de San Martín de Noya, de donde los Ronquete eran feligreses. Fuente: travel.rambler.ru.

La iglesia parroquial de San Martín de Noya, de donde los Ronquete eran feligreses. Fuente: travel.rambler.ru.

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La utilidad del Censo en Inglaterra y Gales

Si queréis aprender más sobre la genealogía en el Reino Unido, este libro os resultará muy práctico.

Si queréis aprender más sobre la genealogía en el Reino Unido, este libro os resultará muy práctico.

Si algún día vuestras pesquisas genealógicas os llevan a cruzar el Mar Cantábrico hasta las islas británicas, entonces es posible que este artículo os sea de interés. Muchos de vosotros habréis usado en más de una ocasión el padrón de habitantes de la localidad de la que procedían vuestros antepasados. Esos padrones, o censos, son fuentes de información sumamente útiles, pues graban de manera instantánea un momento único en la vida de nuestros ancestros, y os aportarán datos que seguramente os permitirán completar y/o avanzar en vuestra investigación familiar.

El Reino Unido, y más concretamente Inglaterra y Gales, son que yo sepa unos de los primeros países europeos en haber realizado censos de manera periódica y estructurada, que procuraban recoger los nombres de toda la población nacional. Era, como os podréis imaginar, una tarea de dimensiones goliáticas, y naturalmente se produjeron numerosos errores y han quedado considerables lagunas; pese a ello, son quizá la mejor herramienta de la que dispondréis si vuestros antepasados vivieron en el Reino Unido con posteridad al año 1841.

Los primeros intentos para levar a cabo un censo en Inglaterra se remontan al medievo. De hecho, desde el Domesday Book (o Libro de Winchester) de 1086, las autoridades británicas se han interesado por el número de ciudadanos que contaba cada núcleo urbano. Algunos condados y ciudades tomaron su propia iniciativa en siglos posteriores, y se llevaron a cabo padrones relativamente detallados durante el Renacimiento, aunque no sería hasta el año 1800 que se legisló a nivel nacional para que se llevara a cabo un censo estandarizado de toda la población inglesa y galesa (Escocia fue un caso aparte del que quizá hable en otra ocasión).

Así, el primer censo se llevó a cabo el lunes, 10 de marzo de 1801 bajo la autoridad de oficiales parroquiales (en Inglaterra y Gales) y maestros de escuelas (en Escocia). Lo mismo sucedió cada diez años (en 1811, 1821 y 1831) hasta que en 1841 el Gobierno tomó cartas en el asunto. Es a partir de dicho año que se cuenta con información de toda la población a nivel nacional. Todos los censos posteriores (con la salvedad del de 1941, que no tuvo lugar al coincidir con la Segunda Guerra Mundial) se celebraron cada diez años, aunque, como veremos a continuación, contenían diferencias respecto a cada edición anterior.

El censo de 1841 se llevó a cabo la noche del 6 al 7 de junio de dicho año; sorprendentemente, sólo se recogían las edades exactas de aquellas personas que tuvieran 16 años o menos; la edad de los mayores de 17 quedaba pues redondeada a la baja por cinco años (así, alguien que aparezca como si tuviera 30 años podría en realidad tener entre 30 y 34 años), y era preciso mencionar si un individuo había nacido en el mismo condado en el que residía entonces (sin especificarse, de lo contrario, de qué población procedía). También se especificaba la profesión del individuo (normalmente los varones, aunque también había casos entre la población femenina). Hay que decir que este censo alberga ciertas omisiones importantes, como por ejemplo no cita a cientos de mineros que se encontraban trabajando en aquellos momentos en el fondo de las minas, así como marineros que se encontraran a bordo de barcos atracados en puerto.

Los censos los llevaban a cabos oficiales gubernamentales y de la parroquia, o bien maestros de escuela. Fuente The National Archives.

Los censos los llevaban a cabos oficiales gubernamentales y de la parroquia, o bien maestros de escuela. Fuente The National Archives.

El de 1851 introdujo diversos cambios que favorecen la tarea de cualquier genealogista; celebrado durante la noche del 30 al 31 de marzo de 1851, este padrón recogía el número de familias (en vez del número de casas, tal y como se había registrado diez años antes). También era necesario mencionar la parroquia o aldea en la que había nacido cada individuo, aunque en caso de los extranjeros sólo era obligatorio decir “ciudadano británico” – esto podría inferir que dicho individuo había adquirido la nacionalidad británica, era un simple residente en el Reino Unido, o había nacido en una colonia británica. A diferencia de 1841, en esta ocasión sí se decidió incluir a marinos que estuvieran en los puertos pero, curiosamente, no se censó a los habitantes de casas-barco fluviales. Como elemento adicional hemos de mencionar la pregunta que se incluyó respecto a la salud de la población, pues era necesario estipular si una persona era sorda, muda, ciega o dementada.

Los censos de 1861 y 1871 tuvieron lugar la noche del 7 al 8 de abril de 1861 y la del 2 al 3 de abril de 1871, respectivamente. Las diferencias entre ambos son mínimas; aparte de plantear las mismas preguntas que en 1851, el censo de 1861 incluía una sección aparte para personas que se encontrasen a bordo de buques británicos en alta mar así como atracados en puerto.

El censo de 1881 se recogió la noche del 3 al 4 de abril de dicho año, e incluía una columna especial en caso de que un individuo fuese “lunático”, “imbécil” o “idiota” (términos que, afortunadamente, han caído en desuso, al menos en su sentido médico).

El censo de diez años después, es decir, de 1891, fue realizado la noche del 5 al 6 de abril. Al contrario que sus predecesores, no contiene índice, por lo que localizar a vuestros familiares dependerá de que sepáis dónde vivían. El censo de 1901, esencialmente idéntico al anterior, fue recogido la noche del 31 de marzo al 1 de abril.

El censo de 1911 es, hasta la fecha, el último censo británico que se puede consultar, debido a la moratoria de un siglo que ha de pasar entre su redacción y su publicación. Este censo contiene páginas individuales por unidad familiar, lo cual resulta muy práctico al mencionar también el número de habitaciones con las que contaba la casa – lo cual nos dará una idea sobre lo bien o mal que vivían nuestros ancestros. Una novedad significativa respecto a las ediciones anteriores son las columnas dedicadas a los años que llevaba casado cada individuo, cuántos hijos vivos habían nacido de dicha unión, y cuántos hijos le quedaban vivos en el momento que se realizó el censo. Esa información a menudo se omitía si la persona era viuda, aunque tuviera hijos.

El siguiente censo que se ha de publicar, el de 1921, será de acceso público en unos cinco años, pero algunas páginas web como FindMyPast dan acceso al llamado Registro de 1939, un documento muy parecido a un censo que se recogió poco después de estallar la Segunda Guerra Mundial, y que serviría para realizar estadísticas y así permitir una producción adecuada de cartas de racionamiento. Es, como comprenderéis, una herramienta de suma utilidad mientras el censo de 1921 no salga a la luz.

Los censos de Inglaterra y Gales se pueden consultar en Internet; algunas páginas gratuitas como FamilySearch ofrecen transcripciones más o menos detalladas, mientras que otras de pago como Ancestry permiten consultar las imágenes originales escaneadas.

Este extracto del censo de 1911 muestra a la hermana de mi tatara-tatarabuela, residiendo a sus 94 años con su hija en una casa de dos habitaciones.

Este extracto del censo de 1911 muestra a la hermana de mi tatara-tatarabuela, residiendo a sus 94 años con su hija en una casa de dos habitaciones en el condado de Herefordshire. Fuente: Ancestry.

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El ahogamiento de Pilar Ronquete Calo

El Mercado de Abastos de Noya.

El Mercado de Abastos de Noya. Fuente: Páxinas Galegas.

A finales de octubre de 1972 un periódico gallego recogía un trágico suceso del cual una de mis parientes había sido involuntaria protagonista. El día 22 de dicho mes, Pilar Ronquete Calo, soltera y de 54 años, se encontraba apoyada en el borde del malecón de Cadarso, a la altura del Mercado de Abastos de Noya, donde probablemente trabajaba como pescadera.

En torno a las 14.30h, seguramente al concluir la jornada laboral, Pilar cruzó los escasos metros que separan el mercado de la orilla y bajó los escalones de piedra que conducen a las aguas de la ría, para poder lavar unas cajas de pescado. La noticia del periódico no recoge si lo que sucedió a continuación fue presenciado por algún testigo, pero sabemos que acto seguido la infeliz cayó al agua. Si el tiempo durante ese día había sido lluvioso, es posible que Pilar se resbalara en el musgo de los peldaños, o bien que sufriera un desvanecimiento y se golpeara la cabeza. Sea como fuere, la mujer fue incapaz de salir del agua, y al ser pleno otoño, es posible que su ropa de abrigo actuase como absorbente y le resultara todavía más difícil salir del agua. Nada pudo hacerse por su vida, y terminó ahogada.

La muerte fue inscrita en el Registro Civil dos días después, dando parte médico el doctor Luis Concheiro Carro. El cuerpo de Pilar Ronquete Carro recibió sepultura en el cementerio parroquial de Santa Cristina de Barro. La sobrevivieron varios de sus hermanos, incluido Evaristo, que fundó la rama gaditana de los Ronquete.

Pilar Ronquete Calo era hija de Ramón Ronquete Blanco (para saber más sobre su familia recomiendo mi artículo sobre los Rebeldes Ronquetes) y Carmen Calo López, y una descendiente de 6ª generación de Nicolás Ronquete.

El malecón de Cadarso. Fuente: El Correo Gallego.

El malecón de Cadarso. Fuente: El Correo Gallego.

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El apellido Pérez-Cepeda

Recuerdo hace años, cuando comenzaba a dar mis primeros pinitos en genealogía, que le pregunté a mi tía (política) de dónde procedía su apellido, que es además compuesto: Pérez-Cepeda. “Descendemos de un hermano de Santa Teresa de Ávila”, me aseguró. Huelga decir que por ahora no he sido capaz de encontrar un vínculo entre la familia de mi tía y la de la santa abulense…

Cartel de la Calle José Luis Pérez Cepeda en La Coruña.

Cartel de la Calle José Luis Pérez Cepeda en La Coruña.

En La Coruña el apellido “Pérez-Cepeda” es bastante conocido, no sólo porque se trata de una familia considerablemente grande (mi tía es una de doce hermanos, más otros seis primos que también portan el apellido en primer lugar), sino porque su padre fue alcalde de la ciudad y, durante un breve período en 1957, presidente del Real Club Deportivo de La Coruña. La calle José Luis Pérez Cepeda honra hoy su memoria.

El apellido, en su actual forma compuesta, parece tener una historia relativamente reciente. El padre del alcalde fue José Pérez Cepeda (sin guión), un coruñés nacido en 1892 que ocupó el puesto de Presidente del Gremio de Industrias de Alimentación y posteriormente Presidente de la Asociación General Patronal de La Coruña. Este señor, fallecido hace ya años, fue quien decidió unir sus dos apellidos de manera que no se perdiera el materno, del cual cabe deducir se sentía bastante orgulloso.

La decisión de componer el Pérez y el Cepeda fue oficialmente reconocida mediante Orden Ministerial del 3 de diciembre de 1946, según la cual se permitía “a D. José Pérez Cepeda, a sus hijos y descendientes legítimos […] usar como uno el apellido “Pérez-Cepeda” imponiéndole como segundo el que ocupa el mismo lugar entre los de su padre y conservando los descendientes también como segundo el que tienen en la actualidad, según resulta de Carta Orden remitida por el Señor Juez de Primer Instancia número dos de esta capital.” Así, los hijos de José pasaron de ser “Pérez Piñeiro” a ser “Pérez-Cepeda Piñeiro” de un plumazo.

La capital herculina vio nacer el apellido Pérez-Cepeda así como al propio José y a sus tres hermanas (Isabel, Emilia y Josefina), que se criaron en la Calle Riego de Agua, número 28, piso principal. También bajo el mismo techo vivían en un momento dado una tía materna de los niños, así como una sirvienta, y no podían faltar, por supuesto, el padre, José Pérez Insua, de profesión comerciante, y la madre, Emilia Cepeda Otero, quien trabajó como costurera en sus años de juventud. Éstos fallecieron con pocos años de diferencia (él en 1926, a causa de la arteriosclerosis que padecía, y ella en 1930 a consecuencia de una asistolia.

Padrón de La Coruña de 1899, que muestra al matrimonio Pérez Cepeda con sus hijos, una cuñada y una sirvienta.

Padrón de La Coruña de 1899, que muestra al matrimonio Pérez Cepeda con sus hijos, una cuñada y una sirvienta. Fuente: Family Search.

Emilia Cepeda Otero era hija de Isabel Otero Parada (jornalera, natural de la villa de Betanzos, situada a las afueras de La Coruña e históricamente la quinta provincia de Galicia) y de José Cepeda, cuyos orígenes inmediatos me son, por ahora, desconocidos. Curiosamente, Isabel Otero Parada consta soltera en varios padrones, por lo que se deduce que Josefa y Emilia Cepeda Otero nacieron ilegítimas pero fueron reconocidas por su padre, sin cuya autorización nunca hubieran podido portar el apellido Cepeda, y los Pérez-Cepeda no serían conocidos por dicho nombre**… Estos datos se dirimen del padrón coruñés de 1889, cuando la familia vivía en el tercer piso del número 39 de la Calle de La Franja.

Cepeda1889

El padrón coruñés de 1889, que muestra a José Pérez Insua, de 27 años, de la parroquia de San Jorge, casado, de profesión jornalero; viven con él su mujer Emilia Cepeda Otero, sastra y siete años mayor que él; su cuñada Josefa, sastra y soltera; su suegra Isabel, jornalera, oriunda de Betanzos, y soltera también; y las dos hijas que había tenido el matrimonio por aquel entonces: Isabel, de 9 años, y Emilia, de 11 meses.

Un rastreo por los padrones disponibles en FamilySearch arroja pocas pistas sobre otros posibles parientes: una familia de Cepedas en la ciudad de Lugo en 1915, otros en Huelva, una mujer viuda en Betanzos en 1905, un soldado fallecido en Albacete en 1838, y un muchacho emigrado a Estados Unidos, de nombre Jesús Otero Cepeda, natural de La Coruña (1896) que en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, se alistó para ir al frente del bando de los americanos.

En cualquier caso, parece que no estamos cerca de encontrar el nexo entre la familia de mi tía y los hermanos de Santa Teresa de Jesús, cuyo nombre real era Teresa de Cepeda y Ahumada, (1515-1582). ¿Pero, podría descender mi tía -y mis primos, y todo aquél que encuentre el apellido Pérez-Cepeda en su genealogía- descender de un hermano de Santa Teresa? Todo es posible, pero para estar seguros habría que explorar la vida y descendencia de los hermanos de la Santa… pero ese es otro tema que habrá que explorar en otra ocasión.

Teresa de Cepeda y Ahumada, o Santa Teresa de Jesús.

Teresa de Cepeda y Ahumada, o Santa Teresa de Jesús.

 

**ADENDUM
La partida de bautismo de Emilia (Cepeda) Otero confirma que nació y fue bautizada en la parroquia de San Nicolás de La Coruña el 7 de noviembre de 1854, siendo la hija natural de Isabel Otero Parada, hija de Felipe y Antonia, y oriunda de la ciudad de Betanzos. La identidad del padre no aparece recogida en el documento original, pero una nota marginal afirma que la niña fue reconocida como hija natural de José Benito Cepeda Pose, oriundo de Iria Flavia (Padrón), hijo de Melchor y de Teresa. Este D. José Benito Cepeda Pose aparece en 1898 como maestro de escuela en la parroquia de San Juan de Piñeiro, en O Covelo, más de cuarenta años después del nacimiento de su hija. 

 

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Las hermanas Martínez Escalada

Hasta doce hijos llegaron a tener mis antepasados Alonso Martínez y Jacoba González-Soldado en el transcurso de trece años. Cabría pensar que la muerte de tres de ellos a corta edad, así como la pérdida de su esposa tras veinticinco años de matrimonio, habría reforzado el vínculo entre el progenitor y su prole. Nada más lejos de la realidad. En 1821 me consta que Alonso se había enfrentado a sus seis hijas, a las que expulsó de la casa familiar, y menos de cinco años después tan sólo permanecía un hijo bajo el mismo techo que su padre. Parece ser que el origen del enfrentamiento eran desavenencias personales y políticas entre padre e hijos (Alonso era un acérrimo absolutista que no dudó en ofrecer a su hijo menor para servir en un regimiento a favor de Fernando VII, mientras que al menos dos de sus hijos varones apoyaban el régimen liberal que defendía el malogrado General Rafael de Riego).

Uno de los hijos varones que padeció el rechazo paterno fue el décimo vástago, de nombre José, el cual se abrió camino en la vida instalándose en la ciudad marinera de Pontevedra. Allí el joven encontró la estabilidad que su padre le había arrebatado, y en 1823 contrajo matrimonio con una muchacha procedente de una familia respetable llamada Dolores Escalada Gil, de ascendencia cántabra y portuguesa. La escueta nota matrimonial no menciona a ningún pariente del novio entre los testigos, lo cual parece confirmar, a tenor de las circunstancias, que la unión se celebró con la desaprobación de la familia del novio.

Sea como fuere, la pareja hizo de Pontevedra su casa, y allí el joven se labraría una carrera hasta alcanzar el grado de Interventor del Resguardo Militar. Prueba de sus buenas conexiones personales y laborales son los testigos de su propia boda: Don Ramón Varela, trabajador de Aduanas de dicha villa, y Don Francisco Iglesias, compañero también del Resguardo Militar. De forma casi inmediata, la familia Martínez Escalada comenzó a crecer cuando María de los Dolores dio a luz, nueve meses después de haberse celebrado las nupcias, a su primera hija, a la que bautizaron con los nombres María Amalia de las Mercedes. La niña fue apadrinada por sus abuelos maternos, residentes en la misma villa. Poco más de un año tardaría el matrimonio en dar la bienvenida a su segundogénita, a la que llamaron Carlota, y cuyos padrinos fueron su abuelo materno y la hija de éste, Francisca, a la sazón tía de la neófita por ser hermana (gemela) de su madre.

Corría el año 1826 y el régimen absolutista de Fernando VII se afanaba al poder aun cuando semejaba que su propio ocaso estaba cada vez más próximo. José Martínez era, como ya hemos apuntado, un liberal convencido y por lo tanto no gozaba de las simpatías del régimen imperante. Desconocemos hasta qué punto sus actividades personales o profesionales llegaban a manifestarse en el plano político, pero debieron de tener la suficiente importancia como para que mi pariente sintiese la necesidad de abandonar la ciudad gallega. Así lo recoge un escrito familiar que ha llegado hasta nuestros días gracias al celo y al cuidado que han guardado sus descendientes:

“Habiéndose verificado la abolición del sistema constitucional de la nación a los
asuntos políticos, se vio ahora D. José Martínez en la precisión de ausentarse,
desde marzo de 1826 y enseguida fue confinado en la ciudad de Lugo; y no
pudiendo subsistir allí, ni haber conseguido licencia para auxiliar a su familia, se le
puso en la dura precisión de emigrar con otros varios confinados al Reino de
Portugal en donde permaneció y padeció innumerables trabajos hasta que se le
proporcionó restituirle a España (cercanías de Madrid) y allí se mantuvo incógnito y
en cierto modo empleado; hasta que salió la Amnistía o Indulto General; con cuyo
motivo, y habiéndose suspendido los trabajos del telégrafo en el que se hallaba
ocupado; se retiró al seno de la familia, a donde llegó el día 29 de mayo de 1833.
En cuyo día se cumplieron 7 años y 3 meses de ausencia.”

Parece ser que en sus primeros meses de exilio José pudo, al menos, gozar de la compañía de su esposa, pues sabemos que a mediados de 1826 ésta volvió a quedar embarazada. Temiendo quizá por la salud del retoño nonato, Dolores fue enviada de regreso a Pontevedra, donde en la primavera de 1827 dio a luz a otra hija más, bautizada con los nombres Olegaria María de los Dolores Bernardina. Apadrinada por Felipe Martínez (sin parentesco con el padre de la niña) y su propia prima, Bernarda Escalada, la pobre Olegaria nació con algún tipo de tara física o psíquica, pues en varios documentos consta como inválida o accidentada (términos bastante genéricos que nos impiden saber la verdadera naturaleza de su enfermedad).

La vida conyugal de José Martínez y Dolores Escalada se quedó pues paralizada en tanto que duró el exilio del marido. Ello explica por qué habrían de pasar más de siete años hasta que la pareja, unida de nuevo y viviendo una vez más bajo el mismo techo, volvió a tener hijos y, así, en febrero de 1834 vino al mundo su cuarta hija, Gumersinda, nacida ya durante el reinado de Isabel II. En esta ocasión ejercieron de padrinos su tía materna, Francisca Escalada, y el marido de ésta (con quien acababa de contraer matrimonio), Don Narciso Cruz Salgado, que trabajaba como mayordomo del Marqués de Castelar y la Sierra. Aquel año esta pareja tendría un hijo, de nombre Ramón María, sobre quien hablaremos más adelante.

Los años posteriores parecen haber seguido trayendo felicidad a la familia Martínez Escalada, atendiendo a los nacimientos repetidos de cinco hijos más con muy rápida sucesión: Fabiana (en 1835), Cecilia (en 1839), Luisa (en 1840), Luciano (fallecido a los pocos días de nacer en 1841) y Dolores (nacida en 1842). La familia se vio completa con el nacimiento de ésta última, aunque la dicha duró poco, pues en 1847 José falleció por causas que no han trascendido. Su viuda y sus ocho hijas quedaron a merced de los pocos medios con los que contaban, y durante un tiempo parecía que sus destinos se irían diluyendo en la pobreza y el olvido. ¿Qué hacer con ocho hijas solteras, una de ellas enferma, de edades comprendidas entre los 24 y los 5 años, se habría preguntado seguramente su madre, que sin ingresos ni oficio, no podía pagar su subsistencia?

Muchas mujeres respetables del XIX, al no poder trabajar para subsistir, dependían del matrimonio para salir adelante.

Muchas mujeres respetables del XIX, al no poder trabajar para subsistir, dependían del matrimonio para salir adelante.

La respuesta a sus plegarias parece haber llegado dos años después, cuando la dama y sus ocho virginales hijas fueron informadas de que constaban como las beneficiarias en el testamento de su tío Román. Román Martínez de Montaos era en realidad tío-abuelo de las muchachas, por ser el hermano menor de su abuelo Alonso (aquel que había expulsado de casa a casi toda su prole), pero en un giro inesperado del destino, había contraído matrimonio con su propia sobrina (hermana del padre de las chicas). Aquella unión no produjo descendencia, por lo que al enviudar, el tío Román tuvo que buscar herederos entre sus parientes más cercanos. Las hermanas Martínez Escalada parecían las candidatas más acertadas, como lo recoge el testamento, fechado en 1849:

“Después de cumplido y satisfecho cuanto va dispuesto en este testamento y memoria póstuma que se hallase nombro e instituyo por única e universal heredera de todos mis bienes, rentas, derechos, sueldos atrasados y todo cuanto me pertenece ahora y en cualquier tiempo a Dª. Luisa Martínez Escalada para que los lleve, disfrute y goce para siempre, con la obligación de que asista, cuide y auxilie a su hermana Dª. Olegaria mientras exista en el estado de accidentada en que se halla; y además espero de la Dª. Luisa que por un deber de piedad y gratitud, y correspondiendo al amor que la tengo y al que le ha profesado mi amada esposa, y a mayor abundamiento le ruego haga todos los años mientras pueda y si no pudiere por alguna causa física la persona más allegada o la que merezca su confianza, dos estaciones o visitas a los restos mortales de ambos, a saber una el día primero de noviembre, aniversario del fallecimiento de mi querida esposa, y otra en el que cumpla el del mío, mandando celebrar una misa rezada en cada uno en sufragio de nuestras ánimas, mientras viva; que transmita y recomiende este mismo encargo a sus hijos, o a cualquiera otra persona que después de ella sucediere en la casa de la Graña, y estos a los suyos, para que así perpetúe todo lo posible y tenga cumplimiento la piadosa intención que mueve mi ánimo; a cuyo fin y para el caso de que por algún accidente llegase a enajenarse dicha finca, le pido a sus descendientes que procuren recaiga si fuere posible en alguna persona de la familia de Martínez, de cuyo honor, religiosidad y amor a sus parientes me prometo, más que de otra alguna, que respetarán y harán cumplir mi encargo, y que unos y otros conservaran la capilla en el buen estado en que se halla, para que en ella se celebren las dichas misas.

También es mi voluntad que en el caso de la citada mi heredera fallezca sin sucesión, herede con las mismas condiciones que van expresadas estos bienes, o los que a su muerte dejase de ellos, su hermana Dª. Gumersinda.”

Firmas de cinco de las hermanas Martínez Escalada, en 1883.

Firmas de cinco de las hermanas Martínez Escalada, en 1883.

No me consta que hubiera cambios ni codicilios añadidos al testamento de mi lejano pariente, por lo que en 1856, tras la muerte de su tío-abuelo Román, Luisa Martínez Escalada debió de heredar los bienes estipulados por éste en su última voluntad. Por entonces, la infeliz Olegaria había fallecido poco antes de haber cumplido los veintiséis años, por lo que Luisa quedaba libre para disfrutar de su herencia, que legalmente le correspondía. El cambio de sus circunstancias seguramente le vino como anillo al dedo, pues dos años después se convirtió en pionera entre sus hermanas cuando contrajo matrimonio con un redondelano se sonoro nombre llamado Onofre Rubín Oroña, médico cirujano de 31 años. La pareja llegaría a tener, que sepamos, cuatro hijos, a saber: Dolores (fallecida en 1925 después de ser atropellada por un camión, y cuyo marido fue jefe de telégrafos en Pontevedra); Román Leoncio (ayudante del Servicio de Vía y Obras del Ferrocarril, fallecido soltero un año antes de su madre); Leopoldo (de quien no sé nada) y María de la Concepción (fallecida después de 1937, año en el que hizo un donativo en la kermesse para el ejército nacional durante la Guerra Civil).

Un año más tarde de la boda de Luisa, su hermana mayor, Gumersinda Martínez Escalada también tomó la decisión de pasar por la vicaría, y así se casó, con 25 años cumplidos, con Ángel Rubido Prieto, un vigués que rondaba ya los 40, a quien Gumersinda le daría ni más ni menos que nueve hijos, aunque sólo cuatro llegarían a edad adulta: Amalia (casada con Leopoldo Salgués Álvarez-Losada), José María (Juez en Puebla de Sanabria), Dolores (casada con Manuel Otero Bárcena, director del diario El Faro de Vigo) y Pelayo (médico, casado con Jesusa Lamparte Quintela).

Parece ser que a Carlota, la segunda de las hermanas Martínez Escalada, tampoco le faltaron admiradores, pues sabemos que se convirtió en el centro de las atenciones de su primo Ramón Cruz Escalada, hijo de su tía Francisca. El muchacho, que con nueve años menos que Carlota sentía ardientes deseos por su prima, la pretendía endulzar con frases como “¿Hasta cuándo he de ser un primo malandrín, holgazán y perezoso?” (términos que probablemente Carlota había usado para describirle) o “Plegue al cielo que mi súplica tenga eco en el gabinete del corazón de la prima que inspira al tristísimo Ramón C.” Pero las adulaciones no surtieron efecto, o acaso intercedió el destino, pues el infeliz Ramón murió, soltero y sin haber conquistado a su prima, un 11 de septiembre de 1851.

¿Y qué fue de las otras hermanas? ¿Estaba ellas condenadas a vestir santos todas sus vidas? ¿Acaso ellas no aspiraron a tener sus propias familias? Desgraciadamente no contamos con datos sobre sus trayectorias personales, por lo que he optado por tomarme la libertad de añadir no una descripción fiel de mis parientes, sino un extracto tomado de la novela Los Pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán, en la que describe a las cuatro primas (solteras y de edad casadera) del protagonista, Don Pedro Moscoso, cuando éste las visita en su casa de Santiago – y cómo me imagino yo que pudieron ser percibidas por algún que otro pretendiente que las rodeara en sus años de juventud:

Hállabase don Pedro en sus glorias. Al resolverse a emprender el viaje, receló que las primas fuesen algunas señoritas muy cumplimenteras y espetadas, cosa que a él le pondría en un brete, por serle extrañas las fórmulas del trato ceremonioso con damas de calidad, clase de perdices blancas que nunca había cazado; mas aquel recibimiento franco le devolvió al punto su aplomo. Animado, y con la cálida sangre despierta, consideraba a las primitas una por una, calculando a cuál arrojaría el pañuelo. La menor no hay duda que era muy linda, blanca con cabos negros, alta y esbelta, pero la mal disimulada pasión de ánimo, las cárdenas ojeras, amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estaba por romanticismos. En cuanto a la tercera, Nucha, asemejábase bastante a la menor, sólo que en feo: sus ojos, de magnífico tamaño, negros también como moras, padecían leve estrabismo convergente, lo cual daba a su mirar una vaguedad y pudor especiales; no era alta, ni sus facciones se pasaban de correctas, a excepción de la boca, que era una miniatura. En suma, pocos encantos físicos, al menos para los que se pagan de la cantidad y morbidez en esta nuestra envoltura de barro. Manolita ofrecía otro tipo distinto, admirándose en ella lozanas carnes y suma gracia, unida a un defecto que para muchos es aumento singular de perfección en la mujer, y a otros, verbigracia a don Pedro, les inspira repulsión: un carácter masculino mezclado a los hechizos femeniles, un bozo que iba pasando a bigote, una prolongación del nacimiento del pelo sobre la oreja que, descendiendo a lo largo de la mandíbula, quería ser, más que suave patilla, atrevida barba. A la que no se podían poner tachas era a Rita, la hermana mayor. Lo que más cautivaba a su primo, en Rita, no era tanto la belleza del rostro como la cumplida proporción del tronco y miembros, la amplitud y redondez de la cadera, el desarrollo del seno, todo cuanto en las valientes y armónicas curvas de su briosa persona prometía la madre fecunda y la nodriza inexhausta. ¡Soberbio vaso en verdad para encerrar un Moscoso legítimo, magnífico patrón donde injertar el heredero, el continuador del nombre! El marqués presentía en tan arrogante hembra, no el placer de los sentidos, sino la numerosa y masculina prole que debía rendir; bien como el agricultor que ante un terreno fértil no se prenda de las florecillas que lo esmaltan, pero calcula aproximadamente la cosecha que podrá rendir al terminarse el estío.

Con el paso del tiempo, una por una, las hermanas Martínez Escalada se tornaron mujeres, y las mujeres ancianas. La primera en fallecer fue María Amalia, que lo hizo, soltera como casi todas, en 1887; la siguió a la tumba la benjamina, Dolores, seguida de Fabiana (única entre todas por no haber fallecido en Pontevedra, sino en Santiago de Compostela), Gumersinda, Carlota, Luisa y finalmente Cecilia, que sobrevivió a toda su familia y murió en 1918, víctima de la Gripe Española.

De los óbitos no comentaremos nada más que una curiosa anécdota que rodea el fallecimiento de Gumersinda, y que recoge la prensa de la época:

Hasta nosotros habían llegado rumores de un suceso que estaba llamando grandemente la atención en Pontevedra, pero por razones que son fáciles de comprender, hemos guardado silencio interin la noticia no tenía confirmación por parte de quien tenerla debía. Hoy han variado las circunstancias y por lo tanto ya podemos ocuparnos de la cuestión. Es el caso, que el viernes último falleció en Pontevedra doña Gumersinda Martínez Escalada, viuda de Rubido, señora muy conocida y apreciada en Santiago. El sábado verificóse la conducción del cadáver al cementerio, pero no se le dio sepultura sino que se depositó, acaso por temor que se tratase de un caso de catalepsia, en la capilla de San Mauro. Multitud de personas visitan la capilla con objeto de ver el cadáver de la señora de Martínez Escalada, el cual está rodeado por dieciocho blandones y velado constantemente por la familia. Esta señora falleció de bronquitis el viernes pasado y a pesar de los días transcurridos presenta e rostro buen color y no se nota señal alguna de descomposición. La opinión de los médicos es que la citada señora está realmente muerta, pero como personas de la familia abriguen duda respecto al particular, es el motivo porque el cadáver continúa insepulto. En la capilla se dicen diariamente misas por el eterno descanso de la finada, el caso es comentadísimo en Pontevedra, como seguramente lo será hoy en Santiago tan pronto el presente numero llegue a manos de nuestros lectores.

 pontevedra

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Unos matrimonios muy relevantes


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La iglesia de Aguasantas, donde se bautizaban, casaban y enterraban a mis antepasados. Fuente: Wikipedia.

Hoy la cosa va de matrimonios, dado que mis padres acaban de celebrar su aniversario de boda. Pero no es de ese del que os voy a hablar (por muy relevante que esa unión sea para mí y mi familia), sino de otro que tuvo lugar hace exactamente 254 años.

Todo comienza un 11 de abril de 1742 en la parroquia de Santa María de Aguasantas, en el municipio pontevedrés de Cotobade. Aquel día nacía, en la pequeña aldea de Campodantas, una niña que fue bautizada el mismo día y a quien sus padres, Juan Dogando y Antonia Meijón, decidieron llamar Antonia, en honor a su madre.

La pequeña Antonia vino al mundo once años después de que sus padres hubiesen contraído matrimonio. Cabe deducir, pues, que es probable que la pareja tuviera otros hijos antes del nacimiento de mi antepasada. Hasta la fecha sólo he encontrado la partida de bautismo de uno de ellos, de nombre Antonio (qué originales mis antepasados).

Antonia (hija) se crió y, que yo sepa, vivió toda su vida en Aguasantas. Fue también allí donde, con veinte años recién cumplidos,  se casó con un vecino llamado Alonso Quinteiro Álvarez. El matrimonio no tardó en dar sus frutos, pues en torno a 1763 vino al mundo el primer (y, también que yo sepa, el único) hijo de la pareja: Francisco Quinteiro Dogando. Poco más sabemos de la vida familiar de la pareja, salvo que fue breve, pues el 14 de abril de 1766, apenas cuatro años después de haberse casado, Alonso Quinteiro Álvarez dictó testamento ante notario. Debió de ser un procedimiento muy apresurado, pues veinticuatro horas después el enfermo había fallecido por causas que no han trascendido.

Antonia había quedado, con tan sólo veinticuatro años de edad, viuda y con un hijo menor de tres años al que criar. Sabemos que el padre de Antonia había fallecido varios años antes, por lo que parece verosímil suponer que su propia madre la ayudó como pudiera ante tan ardua y penosa situación.

Pero la vida, como dice el dicho, sigue, y el 11 de junio de 1767 -apenas un año después de haber enviudado-, Antonia volvió a pasar por la vicaría. El marido esta vez era un hombre algo mayor que ella, llamado Domingo Martínez del Río. Oriundo de la misma parroquia que su mujer, Domingo procedía de una familia un tanto más extensa que Antonia. Aunque no contamos con los datos de bautismo (el libro de bautizados de Aguasantas está, desgraciadamente, en tan mal estado que no se puede consultar), sabemos que la pareja tuvo al menos una hija en torno a 1768 llamada Justa.

Retrocedamos momentáneamente en el tiempo y volvamos a Alonso Quinteiro, el primer marido de mi antepasada Antonia. Aunque éste tuvo una vida bastante corta, sabemos que su línea se perpetuó en la persona de su hermana, de nombre Anastasia, que tuvo cuatro hijos con su marido. Curiosamente, uno de ellos, José Benito, acabaría buscando esposa en su entorno familiar, y acabó casándose con Justa, la medio-hermana de su primo e hija de su tía política, Antonia (y su segundo marido).

Ya sé que todo resulta bastante lioso – a mí me ha hecho falta papel y lápiz para seguirlo-, pero el resultado de este galimatías genealógico fue una niña (mi tatara-tatarabuela Carmen). Resulta espeluznante pensar que yo no existiría de no haber mi antepasada Antonia enviudado de su primer marido; es incluso posible que fuera ella quien indujo a que su sobrino José Benito se casase con la hija de su segundo marido. Sea como fuere, Antonia llegaría a sobrevivir a su sobrino (y yerno). Falleció a la edad de 79 años, habiendo incluso llegado a conocer a dos biznietos. Su hija Justa falleció, viuda, a comienzos de 1830, mientras que su nieta Carmen, más delicada, expiró un año después sin haber alcanzado los 36 años. Los restos de las tres reposan hoy en día en el camposanto de la iglesia parroquial de Aguasantas, el mismo lugar donde fueron bautizadas y donde contrajeron matrimonio hace ya más de dos siglos.

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