El ahogamiento de Pilar Ronquete Calo

El Mercado de Abastos de Noya.

El Mercado de Abastos de Noya. Fuente: Páxinas Galegas.

A finales de octubre de 1972 un periódico gallego recogía un trágico suceso del cual una de mis parientes había sido involuntaria protagonista. El día 22 de dicho mes, Pilar Ronquete Calo, soltera y de 54 años, se encontraba apoyada en el borde del malecón de Cadarso, a la altura del Mercado de Abastos de Noya, donde probablemente trabajaba como pescadera.

En torno a las 14.30h, seguramente al concluir la jornada laboral, Pilar cruzó los escasos metros que separan el mercado de la orilla y bajó los escalones de piedra que conducen a las aguas de la ría, para poder lavar unas cajas de pescado. La noticia del periódico no recoge si lo que sucedió a continuación fue presenciado por algún testigo, pero sabemos que acto seguido la infeliz cayó al agua. Si el tiempo durante ese día había sido lluvioso, es posible que Pilar se resbalara en el musgo de los peldaños, o bien que sufriera un desvanecimiento y se golpeara la cabeza. Sea como fuere, la mujer fue incapaz de salir del agua, y al ser pleno otoño, es posible que su ropa de abrigo actuase como absorbente y le resultara todavía más difícil salir del agua. Nada pudo hacerse por su vida, y terminó ahogada.

La muerte fue inscrita en el Registro Civil dos días después, dando parte médico el doctor Luis Concheiro Carro. El cuerpo de Pilar Ronquete Carro recibió sepultura en el cementerio parroquial de Santa Cristina de Barro. La sobrevivieron varios de sus hermanos, incluido Evaristo, que fundó la rama gaditana de los Ronquete.

Pilar Ronquete Calo era hija de Ramón Ronquete Blanco (para saber más sobre su familia recomiendo mi artículo sobre los Rebeldes Ronquetes) y Carmen Calo López, y una descendiente de 6ª generación de Nicolás Ronquete.

El malecón de Cadarso. Fuente: El Correo Gallego.

El malecón de Cadarso. Fuente: El Correo Gallego.

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El apellido Pérez-Cepeda

Recuerdo hace años, cuando comenzaba a dar mis primeros pinitos en genealogía, que le pregunté a mi tía (política) de dónde procedía su apellido, que es además compuesto: Pérez-Cepeda. “Descendemos de un hermano de Santa Teresa de Ávila”, me aseguró. Huelga decir que por ahora no he sido capaz de encontrar un vínculo entre la familia de mi tía y la de la santa abulense…

Cartel de la Calle José Luis Pérez Cepeda en La Coruña.

Cartel de la Calle José Luis Pérez Cepeda en La Coruña.

En La Coruña el apellido “Pérez-Cepeda” es bastante conocido, no sólo porque se trata de una familia considerablemente grande (mi tía es una de doce hermanos, más otros seis primos que también portan el apellido en primer lugar), sino porque su padre fue alcalde de la ciudad y, durante un breve período en 1957, presidente del Real Club Deportivo de La Coruña. La calle José Luis Pérez Cepeda honra hoy su memoria.

El apellido, en su actual forma compuesta, parece tener una historia relativamente reciente. El padre del alcalde fue José Pérez Cepeda (sin guión), un coruñés nacido en 1892 que ocupó el puesto de Presidente del Gremio de Industrias de Alimentación y posteriormente Presidente de la Asociación General Patronal de La Coruña. Este señor, fallecido hace ya años, fue quien decidió unir sus dos apellidos de manera que no se perdiera el materno, del cual cabe deducir se sentía bastante orgulloso.

La decisión de componer el Pérez y el Cepeda fue oficialmente reconocida mediante Orden Ministerial del 3 de diciembre de 1946, según la cual se permitía “a D. José Pérez Cepeda, a sus hijos y descendientes legítimos […] usar como uno el apellido “Pérez-Cepeda” imponiéndole como segundo el que ocupa el mismo lugar entre los de su padre y conservando los descendientes también como segundo el que tienen en la actualidad, según resulta de Carta Orden remitida por el Señor Juez de Primer Instancia número dos de esta capital.” Así, los hijos de José pasaron de ser “Pérez Piñeiro” a ser “Pérez-Cepeda Piñeiro” de un plumazo.

La capital herculina vio nacer el apellido Pérez-Cepeda así como al propio José y a sus tres hermanas (Isabel, Emilia y Josefina), que se criaron en la Calle Riego de Agua, número 28, piso principal. También bajo el mismo techo vivían en un momento dado una tía materna de los niños, así como una sirvienta, y no podían faltar, por supuesto, el padre, José Pérez Insua, de profesión comerciante, y la madre, Emilia Cepeda Otero, quien trabajó como costurera en sus años de juventud. Éstos fallecieron con pocos años de diferencia (él en 1926, a causa de la arteriosclerosis que padecía, y ella en 1930 a consecuencia de una asistolia.

Padrón de La Coruña de 1899, que muestra al matrimonio Pérez Cepeda con sus hijos, una cuñada y una sirvienta.

Padrón de La Coruña de 1899, que muestra al matrimonio Pérez Cepeda con sus hijos, una cuñada y una sirvienta. Fuente: Family Search.

Emilia Cepeda Otero era hija de Isabel Otero Parada (jornalera, natural de la villa de Betanzos, situada a las afueras de La Coruña e históricamente la quinta provincia de Galicia) y de José Cepeda, cuyos orígenes inmediatos me son, por ahora, desconocidos. Curiosamente, Isabel Otero Parada consta soltera en varios padrones, por lo que se deduce que Josefa y Emilia Cepeda Otero nacieron ilegítimas pero fueron reconocidas por su padre, sin cuya autorización nunca hubieran podido portar el apellido Cepeda, y los Pérez-Cepeda no serían conocidos por dicho nombre**… Estos datos se dirimen del padrón coruñés de 1889, cuando la familia vivía en el tercer piso del número 39 de la Calle de La Franja.

Cepeda1889

El padrón coruñés de 1889, que muestra a José Pérez Insua, de 27 años, de la parroquia de San Jorge, casado, de profesión jornalero; viven con él su mujer Emilia Cepeda Otero, sastra y siete años mayor que él; su cuñada Josefa, sastra y soltera; su suegra Isabel, jornalera, oriunda de Betanzos, y soltera también; y las dos hijas que había tenido el matrimonio por aquel entonces: Isabel, de 9 años, y Emilia, de 11 meses.

Un rastreo por los padrones disponibles en FamilySearch arroja pocas pistas sobre otros posibles parientes: una familia de Cepedas en la ciudad de Lugo en 1915, otros en Huelva, una mujer viuda en Betanzos en 1905, un soldado fallecido en Albacete en 1838, y un muchacho emigrado a Estados Unidos, de nombre Jesús Otero Cepeda, natural de La Coruña (1896) que en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, se alistó para ir al frente del bando de los americanos.

En cualquier caso, parece que no estamos cerca de encontrar el nexo entre la familia de mi tía y los hermanos de Santa Teresa de Jesús, cuyo nombre real era Teresa de Cepeda y Ahumada, (1515-1582). ¿Pero, podría descender mi tía -y mis primos, y todo aquél que encuentre el apellido Pérez-Cepeda en su genealogía- descender de un hermano de Santa Teresa? Todo es posible, pero para estar seguros habría que explorar la vida y descendencia de los hermanos de la Santa… pero ese es otro tema que habrá que explorar en otra ocasión.

Teresa de Cepeda y Ahumada, o Santa Teresa de Jesús.

Teresa de Cepeda y Ahumada, o Santa Teresa de Jesús.

 

**ADENDUM
La partida de bautismo de Emilia (Cepeda) Otero confirma que nació y fue bautizada en la parroquia de San Nicolás de La Coruña el 7 de noviembre de 1854, siendo la hija natural de Isabel Otero Parada, hija de Felipe y Antonia, y oriunda de la ciudad de Betanzos. La identidad del padre no aparece recogida en el documento original, pero una nota marginal afirma que la niña fue reconocida como hija natural de José Benito Cepeda Pose, oriundo de Iria Flavia (Padrón), hijo de Melchor y de Teresa. Este D. José Benito Cepeda Pose aparece en 1898 como maestro de escuela en la parroquia de San Juan de Piñeiro, en O Covelo, más de cuarenta años después del nacimiento de su hija. 

 

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Las hermanas Martínez Escalada

Hasta doce hijos llegaron a tener mis antepasados Alonso Martínez y Jacoba González-Soldado en el transcurso de trece años. Cabría pensar que la muerte de tres de ellos a corta edad, así como la pérdida de su esposa tras veinticinco años de matrimonio, habría reforzado el vínculo entre el progenitor y su prole. Nada más lejos de la realidad. En 1821 me consta que Alonso se había enfrentado a sus seis hijas, a las que expulsó de la casa familiar, y menos de cinco años después tan sólo permanecía un hijo bajo el mismo techo que su padre. Parece ser que el origen del enfrentamiento eran desavenencias personales y políticas entre padre e hijos (Alonso era un acérrimo absolutista que no dudó en ofrecer a su hijo menor para servir en un regimiento a favor de Fernando VII, mientras que al menos dos de sus hijos varones apoyaban el régimen liberal que defendía el malogrado General Rafael de Riego).

Uno de los hijos varones que padeció el rechazo paterno fue el décimo vástago, de nombre José, el cual se abrió camino en la vida instalándose en la ciudad marinera de Pontevedra. Allí el joven encontró la estabilidad que su padre le había arrebatado, y en 1823 contrajo matrimonio con una muchacha procedente de una familia respetable llamada Dolores Escalada Gil, de ascendencia cántabra y portuguesa. La escueta nota matrimonial no menciona a ningún pariente del novio entre los testigos, lo cual parece confirmar, a tenor de las circunstancias, que la unión se celebró con la desaprobación de la familia del novio.

Sea como fuere, la pareja hizo de Pontevedra su casa, y allí el joven se labraría una carrera hasta alcanzar el grado de Interventor del Resguardo Militar. Prueba de sus buenas conexiones personales y laborales son los testigos de su propia boda: Don Ramón Varela, trabajador de Aduanas de dicha villa, y Don Francisco Iglesias, compañero también del Resguardo Militar. De forma casi inmediata, la familia Martínez Escalada comenzó a crecer cuando María de los Dolores dio a luz, nueve meses después de haberse celebrado las nupcias, a su primera hija, a la que bautizaron con los nombres María Amalia de las Mercedes. La niña fue apadrinada por sus abuelos maternos, residentes en la misma villa. Poco más de un año tardaría el matrimonio en dar la bienvenida a su segundogénita, a la que llamaron Carlota, y cuyos padrinos fueron su abuelo materno y la hija de éste, Francisca, a la sazón tía de la neófita por ser hermana (gemela) de su madre.

Corría el año 1826 y el régimen absolutista de Fernando VII se afanaba al poder aun cuando semejaba que su propio ocaso estaba cada vez más próximo. José Martínez era, como ya hemos apuntado, un liberal convencido y por lo tanto no gozaba de las simpatías del régimen imperante. Desconocemos hasta qué punto sus actividades personales o profesionales llegaban a manifestarse en el plano político, pero debieron de tener la suficiente importancia como para que mi pariente sintiese la necesidad de abandonar la ciudad gallega. Así lo recoge un escrito familiar que ha llegado hasta nuestros días gracias al celo y al cuidado que han guardado sus descendientes:

“Habiéndose verificado la abolición del sistema constitucional de la nación a los
asuntos políticos, se vio ahora D. José Martínez en la precisión de ausentarse,
desde marzo de 1826 y enseguida fue confinado en la ciudad de Lugo; y no
pudiendo subsistir allí, ni haber conseguido licencia para auxiliar a su familia, se le
puso en la dura precisión de emigrar con otros varios confinados al Reino de
Portugal en donde permaneció y padeció innumerables trabajos hasta que se le
proporcionó restituirle a España (cercanías de Madrid) y allí se mantuvo incógnito y
en cierto modo empleado; hasta que salió la Amnistía o Indulto General; con cuyo
motivo, y habiéndose suspendido los trabajos del telégrafo en el que se hallaba
ocupado; se retiró al seno de la familia, a donde llegó el día 29 de mayo de 1833.
En cuyo día se cumplieron 7 años y 3 meses de ausencia.”

Parece ser que en sus primeros meses de exilio José pudo, al menos, gozar de la compañía de su esposa, pues sabemos que a mediados de 1826 ésta volvió a quedar embarazada. Temiendo quizá por la salud del retoño nonato, Dolores fue enviada de regreso a Pontevedra, donde en la primavera de 1827 dio a luz a otra hija más, bautizada con los nombres Olegaria María de los Dolores Bernardina. Apadrinada por Felipe Martínez (sin parentesco con el padre de la niña) y su propia prima, Bernarda Escalada, la pobre Olegaria nació con algún tipo de tara física o psíquica, pues en varios documentos consta como inválida o accidentada (términos bastante genéricos que nos impiden saber la verdadera naturaleza de su enfermedad).

La vida conyugal de José Martínez y Dolores Escalada se quedó pues paralizada en tanto que duró el exilio del marido. Ello explica por qué habrían de pasar más de siete años hasta que la pareja, unida de nuevo y viviendo una vez más bajo el mismo techo, volvió a tener hijos y, así, en febrero de 1834 vino al mundo su cuarta hija, Gumersinda, nacida ya durante el reinado de Isabel II. En esta ocasión ejercieron de padrinos su tía materna, Francisca Escalada, y el marido de ésta (con quien acababa de contraer matrimonio), Don Narciso Cruz Salgado, que trabajaba como mayordomo del Marqués de Castelar y la Sierra. Aquel año esta pareja tendría un hijo, de nombre Ramón María, sobre quien hablaremos más adelante.

Los años posteriores parecen haber seguido trayendo felicidad a la familia Martínez Escalada, atendiendo a los nacimientos repetidos de cinco hijos más con muy rápida sucesión: Fabiana (en 1835), Cecilia (en 1839), Luisa (en 1840), Luciano (fallecido a los pocos días de nacer en 1841) y Dolores (nacida en 1842). La familia se vio completa con el nacimiento de ésta última, aunque la dicha duró poco, pues en 1847 José falleció por causas que no han trascendido. Su viuda y sus ocho hijas quedaron a merced de los pocos medios con los que contaban, y durante un tiempo parecía que sus destinos se irían diluyendo en la pobreza y el olvido. ¿Qué hacer con ocho hijas solteras, una de ellas enferma, de edades comprendidas entre los 24 y los 5 años, se habría preguntado seguramente su madre, que sin ingresos ni oficio, no podía pagar su subsistencia?

Muchas mujeres respetables del XIX, al no poder trabajar para subsistir, dependían del matrimonio para salir adelante.

Muchas mujeres respetables del XIX, al no poder trabajar para subsistir, dependían del matrimonio para salir adelante.

La respuesta a sus plegarias parece haber llegado dos años después, cuando la dama y sus ocho virginales hijas fueron informadas de que constaban como las beneficiarias en el testamento de su tío Román. Román Martínez de Montaos era en realidad tío-abuelo de las muchachas, por ser el hermano menor de su abuelo Alonso (aquel que había expulsado de casa a casi toda su prole), pero en un giro inesperado del destino, había contraído matrimonio con su propia sobrina (hermana del padre de las chicas). Aquella unión no produjo descendencia, por lo que al enviudar, el tío Román tuvo que buscar herederos entre sus parientes más cercanos. Las hermanas Martínez Escalada parecían las candidatas más acertadas, como lo recoge el testamento, fechado en 1849:

“Después de cumplido y satisfecho cuanto va dispuesto en este testamento y memoria póstuma que se hallase nombro e instituyo por única e universal heredera de todos mis bienes, rentas, derechos, sueldos atrasados y todo cuanto me pertenece ahora y en cualquier tiempo a Dª. Luisa Martínez Escalada para que los lleve, disfrute y goce para siempre, con la obligación de que asista, cuide y auxilie a su hermana Dª. Olegaria mientras exista en el estado de accidentada en que se halla; y además espero de la Dª. Luisa que por un deber de piedad y gratitud, y correspondiendo al amor que la tengo y al que le ha profesado mi amada esposa, y a mayor abundamiento le ruego haga todos los años mientras pueda y si no pudiere por alguna causa física la persona más allegada o la que merezca su confianza, dos estaciones o visitas a los restos mortales de ambos, a saber una el día primero de noviembre, aniversario del fallecimiento de mi querida esposa, y otra en el que cumpla el del mío, mandando celebrar una misa rezada en cada uno en sufragio de nuestras ánimas, mientras viva; que transmita y recomiende este mismo encargo a sus hijos, o a cualquiera otra persona que después de ella sucediere en la casa de la Graña, y estos a los suyos, para que así perpetúe todo lo posible y tenga cumplimiento la piadosa intención que mueve mi ánimo; a cuyo fin y para el caso de que por algún accidente llegase a enajenarse dicha finca, le pido a sus descendientes que procuren recaiga si fuere posible en alguna persona de la familia de Martínez, de cuyo honor, religiosidad y amor a sus parientes me prometo, más que de otra alguna, que respetarán y harán cumplir mi encargo, y que unos y otros conservaran la capilla en el buen estado en que se halla, para que en ella se celebren las dichas misas.

También es mi voluntad que en el caso de la citada mi heredera fallezca sin sucesión, herede con las mismas condiciones que van expresadas estos bienes, o los que a su muerte dejase de ellos, su hermana Dª. Gumersinda.”

Firmas de cinco de las hermanas Martínez Escalada, en 1883.

Firmas de cinco de las hermanas Martínez Escalada, en 1883.

No me consta que hubiera cambios ni codicilios añadidos al testamento de mi lejano pariente, por lo que en 1856, tras la muerte de su tío-abuelo Román, Luisa Martínez Escalada debió de heredar los bienes estipulados por éste en su última voluntad. Por entonces, la infeliz Olegaria había fallecido poco antes de haber cumplido los veintiséis años, por lo que Luisa quedaba libre para disfrutar de su herencia, que legalmente le correspondía. El cambio de sus circunstancias seguramente le vino como anillo al dedo, pues dos años después se convirtió en pionera entre sus hermanas cuando contrajo matrimonio con un redondelano se sonoro nombre llamado Onofre Rubín Oroña, médico cirujano de 31 años. La pareja llegaría a tener, que sepamos, cuatro hijos, a saber: Dolores (fallecida en 1925 después de ser atropellada por un camión, y cuyo marido fue jefe de telégrafos en Pontevedra); Román Leoncio (ayudante del Servicio de Vía y Obras del Ferrocarril, fallecido soltero un año antes de su madre); Leopoldo (de quien no sé nada) y María de la Concepción (fallecida después de 1937, año en el que hizo un donativo en la kermesse para el ejército nacional durante la Guerra Civil).

Un año más tarde de la boda de Luisa, su hermana mayor, Gumersinda Martínez Escalada también tomó la decisión de pasar por la vicaría, y así se casó, con 25 años cumplidos, con Ángel Rubido Prieto, un vigués que rondaba ya los 40, a quien Gumersinda le daría ni más ni menos que nueve hijos, aunque sólo cuatro llegarían a edad adulta: Amalia (casada con Leopoldo Salgués Álvarez-Losada), José María (Juez en Puebla de Sanabria), Dolores (casada con Manuel Otero Bárcena, director del diario El Faro de Vigo) y Pelayo (médico, casado con Jesusa Lamparte Quintela).

Parece ser que a Carlota, la segunda de las hermanas Martínez Escalada, tampoco le faltaron admiradores, pues sabemos que se convirtió en el centro de las atenciones de su primo Ramón Cruz Escalada, hijo de su tía Francisca. El muchacho, que con nueve años menos que Carlota sentía ardientes deseos por su prima, la pretendía endulzar con frases como “¿Hasta cuándo he de ser un primo malandrín, holgazán y perezoso?” (términos que probablemente Carlota había usado para describirle) o “Plegue al cielo que mi súplica tenga eco en el gabinete del corazón de la prima que inspira al tristísimo Ramón C.” Pero las adulaciones no surtieron efecto, o acaso intercedió el destino, pues el infeliz Ramón murió, soltero y sin haber conquistado a su prima, un 11 de septiembre de 1851.

¿Y qué fue de las otras hermanas? ¿Estaba ellas condenadas a vestir santos todas sus vidas? ¿Acaso ellas no aspiraron a tener sus propias familias? Desgraciadamente no contamos con datos sobre sus trayectorias personales, por lo que he optado por tomarme la libertad de añadir no una descripción fiel de mis parientes, sino un extracto tomado de la novela Los Pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán, en la que describe a las cuatro primas (solteras y de edad casadera) del protagonista, Don Pedro Moscoso, cuando éste las visita en su casa de Santiago – y cómo me imagino yo que pudieron ser percibidas por algún que otro pretendiente que las rodeara en sus años de juventud:

Hállabase don Pedro en sus glorias. Al resolverse a emprender el viaje, receló que las primas fuesen algunas señoritas muy cumplimenteras y espetadas, cosa que a él le pondría en un brete, por serle extrañas las fórmulas del trato ceremonioso con damas de calidad, clase de perdices blancas que nunca había cazado; mas aquel recibimiento franco le devolvió al punto su aplomo. Animado, y con la cálida sangre despierta, consideraba a las primitas una por una, calculando a cuál arrojaría el pañuelo. La menor no hay duda que era muy linda, blanca con cabos negros, alta y esbelta, pero la mal disimulada pasión de ánimo, las cárdenas ojeras, amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estaba por romanticismos. En cuanto a la tercera, Nucha, asemejábase bastante a la menor, sólo que en feo: sus ojos, de magnífico tamaño, negros también como moras, padecían leve estrabismo convergente, lo cual daba a su mirar una vaguedad y pudor especiales; no era alta, ni sus facciones se pasaban de correctas, a excepción de la boca, que era una miniatura. En suma, pocos encantos físicos, al menos para los que se pagan de la cantidad y morbidez en esta nuestra envoltura de barro. Manolita ofrecía otro tipo distinto, admirándose en ella lozanas carnes y suma gracia, unida a un defecto que para muchos es aumento singular de perfección en la mujer, y a otros, verbigracia a don Pedro, les inspira repulsión: un carácter masculino mezclado a los hechizos femeniles, un bozo que iba pasando a bigote, una prolongación del nacimiento del pelo sobre la oreja que, descendiendo a lo largo de la mandíbula, quería ser, más que suave patilla, atrevida barba. A la que no se podían poner tachas era a Rita, la hermana mayor. Lo que más cautivaba a su primo, en Rita, no era tanto la belleza del rostro como la cumplida proporción del tronco y miembros, la amplitud y redondez de la cadera, el desarrollo del seno, todo cuanto en las valientes y armónicas curvas de su briosa persona prometía la madre fecunda y la nodriza inexhausta. ¡Soberbio vaso en verdad para encerrar un Moscoso legítimo, magnífico patrón donde injertar el heredero, el continuador del nombre! El marqués presentía en tan arrogante hembra, no el placer de los sentidos, sino la numerosa y masculina prole que debía rendir; bien como el agricultor que ante un terreno fértil no se prenda de las florecillas que lo esmaltan, pero calcula aproximadamente la cosecha que podrá rendir al terminarse el estío.

Con el paso del tiempo, una por una, las hermanas Martínez Escalada se tornaron mujeres, y las mujeres ancianas. La primera en fallecer fue María Amalia, que lo hizo, soltera como casi todas, en 1887; la siguió a la tumba la benjamina, Dolores, seguida de Fabiana (única entre todas por no haber fallecido en Pontevedra, sino en Santiago de Compostela), Gumersinda, Carlota, Luisa y finalmente Cecilia, que sobrevivió a toda su familia y murió en 1918, víctima de la Gripe Española.

De los óbitos no comentaremos nada más que una curiosa anécdota que rodea el fallecimiento de Gumersinda, y que recoge la prensa de la época:

Hasta nosotros habían llegado rumores de un suceso que estaba llamando grandemente la atención en Pontevedra, pero por razones que son fáciles de comprender, hemos guardado silencio interin la noticia no tenía confirmación por parte de quien tenerla debía. Hoy han variado las circunstancias y por lo tanto ya podemos ocuparnos de la cuestión. Es el caso, que el viernes último falleció en Pontevedra doña Gumersinda Martínez Escalada, viuda de Rubido, señora muy conocida y apreciada en Santiago. El sábado verificóse la conducción del cadáver al cementerio, pero no se le dio sepultura sino que se depositó, acaso por temor que se tratase de un caso de catalepsia, en la capilla de San Mauro. Multitud de personas visitan la capilla con objeto de ver el cadáver de la señora de Martínez Escalada, el cual está rodeado por dieciocho blandones y velado constantemente por la familia. Esta señora falleció de bronquitis el viernes pasado y a pesar de los días transcurridos presenta e rostro buen color y no se nota señal alguna de descomposición. La opinión de los médicos es que la citada señora está realmente muerta, pero como personas de la familia abriguen duda respecto al particular, es el motivo porque el cadáver continúa insepulto. En la capilla se dicen diariamente misas por el eterno descanso de la finada, el caso es comentadísimo en Pontevedra, como seguramente lo será hoy en Santiago tan pronto el presente numero llegue a manos de nuestros lectores.

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Unos matrimonios muy relevantes


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La iglesia de Aguasantas, donde se bautizaban, casaban y enterraban a mis antepasados. Fuente: Wikipedia.

Hoy la cosa va de matrimonios, dado que mis padres acaban de celebrar su aniversario de boda. Pero no es de ese del que os voy a hablar (por muy relevante que esa unión sea para mí y mi familia), sino de otro que tuvo lugar hace exactamente 254 años.

Todo comienza un 11 de abril de 1742 en la parroquia de Santa María de Aguasantas, en el municipio pontevedrés de Cotobade. Aquel día nacía, en la pequeña aldea de Campodantas, una niña que fue bautizada el mismo día y a quien sus padres, Juan Dogando y Antonia Meijón, decidieron llamar Antonia, en honor a su madre.

La pequeña Antonia vino al mundo once años después de que sus padres hubiesen contraído matrimonio. Cabe deducir, pues, que es probable que la pareja tuviera otros hijos antes del nacimiento de mi antepasada. Hasta la fecha sólo he encontrado la partida de bautismo de uno de ellos, de nombre Antonio (qué originales mis antepasados).

Antonia (hija) se crió y, que yo sepa, vivió toda su vida en Aguasantas. Fue también allí donde, con veinte años recién cumplidos,  se casó con un vecino llamado Alonso Quinteiro Álvarez. El matrimonio no tardó en dar sus frutos, pues en torno a 1763 vino al mundo el primer (y, también que yo sepa, el único) hijo de la pareja: Francisco Quinteiro Dogando. Poco más sabemos de la vida familiar de la pareja, salvo que fue breve, pues el 14 de abril de 1766, apenas cuatro años después de haberse casado, Alonso Quinteiro Álvarez dictó testamento ante notario. Debió de ser un procedimiento muy apresurado, pues veinticuatro horas después el enfermo había fallecido por causas que no han trascendido.

Antonia había quedado, con tan sólo veinticuatro años de edad, viuda y con un hijo menor de tres años al que criar. Sabemos que el padre de Antonia había fallecido varios años antes, por lo que parece verosímil suponer que su propia madre la ayudó como pudiera ante tan ardua y penosa situación.

Pero la vida, como dice el dicho, sigue, y el 11 de junio de 1767 -apenas un año después de haber enviudado-, Antonia volvió a pasar por la vicaría. El marido esta vez era un hombre algo mayor que ella, llamado Domingo Martínez del Río. Oriundo de la misma parroquia que su mujer, Domingo procedía de una familia un tanto más extensa que Antonia. Aunque no contamos con los datos de bautismo (el libro de bautizados de Aguasantas está, desgraciadamente, en tan mal estado que no se puede consultar), sabemos que la pareja tuvo al menos una hija en torno a 1768 llamada Justa.

Retrocedamos momentáneamente en el tiempo y volvamos a Alonso Quinteiro, el primer marido de mi antepasada Antonia. Aunque éste tuvo una vida bastante corta, sabemos que su línea se perpetuó en la persona de su hermana, de nombre Anastasia, que tuvo cuatro hijos con su marido. Curiosamente, uno de ellos, José Benito, acabaría buscando esposa en su entorno familiar, y acabó casándose con Justa, la medio-hermana de su primo e hija de su tía política, Antonia (y su segundo marido).

Ya sé que todo resulta bastante lioso – a mí me ha hecho falta papel y lápiz para seguirlo-, pero el resultado de este galimatías genealógico fue una niña (mi tatara-tatarabuela Carmen). Resulta espeluznante pensar que yo no existiría de no haber mi antepasada Antonia enviudado de su primer marido; es incluso posible que fuera ella quien indujo a que su sobrino José Benito se casase con la hija de su segundo marido. Sea como fuere, Antonia llegaría a sobrevivir a su sobrino (y yerno). Falleció a la edad de 79 años, habiendo incluso llegado a conocer a dos biznietos. Su hija Justa falleció, viuda, a comienzos de 1830, mientras que su nieta Carmen, más delicada, expiró un año después sin haber alcanzado los 36 años. Los restos de las tres reposan hoy en día en el camposanto de la iglesia parroquial de Aguasantas, el mismo lugar donde fueron bautizadas y donde contrajeron matrimonio hace ya más de dos siglos.

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El Álbum de Anónimos

Hace años, cuando llegó el momento de vender la casa de mis abuelos en La Coruña, encontramos en el desván un curioso álbum fotográfico, en bastante mal estado de conservación, lleno de retratos fotográficos. De haber tenido el nombre escrito por detrás, es posible que hoy tendría una referencia para poder identificar a cada individuo.

Desgraciadamente sólo un puñado incluía un nombre (mi tatarabuelo, uno de sus hermanos…). La inmensa mayoría son anónimos. Sólo la dirección del estudio fotográfico en el reverso ofrece pistas sobre su origen: Santiago de Compostela, Madrid, Ferrol… Esto me lleva a la conclusión que es importantísimo identificar a las personas en una fotografía, ya no tanto por nosotros, sino por generaciones futuras.

Aquí cuelgo algunos ejemplares anónimos a los que me gustaría devolver la identidad.

Fotografía de una mujer tomada, a finales del siglo XIX, en Santiago de Compostela.

Fotografía de una mujer en ropa de paisana, retratada a finales del siglo XIX en Santiago de Compostela.

Dos músicos, retratados a finales del XIX en Ferrol

Dos músicos, aparentemente uniformados, retratados a finales del XIX en Ferrol

Un anónimo posa vestido con ropa femenina, siglo XIX. Estudio fotográfico desconocido.

Una con humor: un anónimo posa vestido con ropa femenina, siglo XIX. Estudio fotográfico desconocido.

Un niño posa  finales del XIX en un estudio fotográfico en Madrid. Siglo XIX.

Un niño posa finales del XIX en un estudio fotográfico en la madrileña Puerta del Sol- Siglo XIX.

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Los Cameros de Noya

Una de las familias “extranjeras” asentadas en Noya son los de Andrés-Moreno. Procedentes de la localidad riojana de Ortigosa de Cameros, la historia de esta familia comienza con Juan de Andrés de la Riva, un comerciante de La Rioja que a comienzos del siglo XIX contrajo matrimonio con Manuela Moreno Moreno. La pareja tuvo al menos dos hijos varones y una hija, los cuales hicieron de Galicia su tierra adoptiva. Patricio de Andrés Moreno, el menor de todos, se instaló en Santiago de Compostela, donde contraería matrimonio un 24 de septiembre de 1842 con Ramona García Cabezudo (santiaguesa de nacimiento, aunque, al igual que su marido, de origen camero). La pareja tendría al menos cuatro hijos venidos al mundo entre 1843 y 1850, a saber: Santiago Ignacio, Eladia (casada en 1868 con el lucense Ramiro Rueda Neira), Alfredo José y Darío Victorino.

Pedro de Andrés Moreno.

Pedro de Andrés Moreno.

La única hermana de Patricio de Andrés Moreno, Gregoria, había nacido en Ortigosa de Cameros en torno a 1813, pero parece ser que pasó la mayor parte de su vida adulta en la villa marinera de Noya (considerada durante décadas como el puerto y la playa de Compostela). Allí precisamente fallecería de hidropesía un 10 de noviembre de 1885.

El mayor de los hermanos, Pedro de Andrés Moreno, era al igual que su padre y su hermano, comerciante. No debía de contar más de 18 ó 19 años cuando contrajo matrimonio con Inocenta Curiel Quiroga, oriunda de Lugo. La pareja se instaló en Noya, donde nacerían sus nueve hijos, continuadores de la dinastía camera en Galicia y los primeros en utilizar los apellidos paternos como único apellido compuesto:

Segundo de Andrés-Moreno Curiel. Colección privada.

Segundo de Andrés-Moreno Curiel. Colección privada.

  1. Segundo Estanislao de Andrés-Moreno (n. 1836) se casó con Felipa Senra Cernadas, noyesa oriunda de la parroquia de Santa Cristina de Barro. La pareja tuvo cinco hijos, de los cuales me gustaría resaltar a Segundo, cuya mujer era hija de Francisco Pérez Hermo (con quien un coetáneo suyo, mi tatarabuelo, mantuvo un largo pleito judicial); y también a Inocenta (bisabuela de otro aficionado a la genealogía) cuya partida reza: “se dice en voz baja que Don Segundo Andrés Curiel, natural y vecino de esta villa, hijo de Don Pedro, de Ortigosa oriundo, y Doña Inocenta Curiel, difunta y natural de Lugo, es marido de la madre de la niña, pero de cierto en la actualidad nada se sabe“.
  2. José de Andrés-Moreno Curiel (1838-1900), casado con Teresa Lamas Varela. José llegó a capitán y piloto en la carrera de Indias y llegó a trabajar en Aduanas en Filipinas. Allí enfermó de fiebres tropicales, motivo por el cual le acabarían dando la baja, y pudo regresar a Noya. Tuvo tres hijas al menos, una de las cuales, María de los Milagros, fue la madre de Fermín Zelada de Andrés-Moreno, Presidente del Banco Exterior de España (1977-1982) y amigo de varios parientes míos por diversas líneas. Una de sus hijas, Mariví Zelada Jurado, falleció en el trágico accidente del vuelo Aviaco 118 en Oleiros en 1973.
  3. María de la Concepción de Andrés-Moreno Curiel (n.1839), con toda probabilidad falleció joven.
  4. Miguel de Andrés-Moreno Curiel (1842-1843).
  5. Nicolasa Emilia de Andrés-Moreno Curiel (1844-1894), contrajo matrimonio en 1865 con Manuel Cadarso  Rey de Andrade. La pareja tuvo un hijo, Luis, que premurió a sus progenitores. Emilia falleció de diabetes.
  6. Elvira de Andrés-Moreno Curiel (n. 1846) se casó con Manuel Santaló Ituarte (de origen vasco y catalán). La pareja tuvo varios hijos, uno de los cuales pasaría a Argentina.
  7. Juana Demetria Segunda de Andrés-Moreno Curiel (1847-1873) se casó en 1870 con Luis Cadarso Rey de Andrade (el hermano de su cuñado), y tendría dos hijos: Luisa Apolonia y Luis Demetrio. Demetria fallecería a causa de un abceso a la edad de 26 años; su viudo se casaría en dos ocasiones más, falleciendo gloriosamente en 1898 luchando contra el ejército estadounidense. Uno de sus nietos fue el soldado Demetrio Fontán Cadarso, asesinado durante la Guerra Civil española.
  8. Matilde Justa de Andrés-Moreno Curiel (n.1849), contrajo matrimonio con Lino Sáinz de la Riva, oriundo de Ortigosa de Cameros, La Rioja. La pareja tuvo al menos dos hijos.
  9. Ricardo Basilio de Andrés-Moreno Curiel (1853-1854).
Inocenta de Andrés-Moreno Senra.

Inocenta de Andrés-Moreno Senra.

 

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Las familias extranjeras del Barbanza

Durante siglos, las rutas marítimas fueron la principal y, en muchos casos, la única vía de comunicación entre pueblos y naciones. Estas comunicaciones, fomentadas principalmente por el comercio y la emigración, eran mucho más fluidas que las terrestres, dado el mal estado de las carreteras, que eran escasas, y en cierta medida también más seguras, de no ser por los regulares caprichos de la Madre Naturaleza que podían hundir flotas enteras. Como digo, la existencia de puertos marineros siempre ha sido una de las principales vías de contacto entre poblaciones, y este intercambio económico y demográfico necesitó forzosamente el movimiento de personas que, en algunas ocasiones, no quisieron o no pudieron regresar a sus lugares de origen.

La Península del Barbanza.

La Península del Barbanza.

En Galicia, las Rías Bajas (esos fiordos gallegos entre la desembocadura del Miño que divide España de Portugal, y el Cabo Finisterre, en la provincia de La Coruña), y en especial las ciudades de Vigo y Pontevedra, siempre fueron un nido de actividad comercial, que fue replicado en otras poblaciones próximas. La Península del Barbanza, entre las rías de Arosa y la de Muros y Noya, también ocupa un puesto destacado, y fue precisamente esta última que en el siglo XIX vio aumentar de forma como nunca antes había sucedido, la llegada de comerciantes extranjeros.

El Barbanza es, como toda la Galicia marinera, una zona de excelente pesca y marisqueo. Hasta comienzos del XIX, la actividad comercial en Galicia estaba principalmente sometida a los designios de la Iglesia y a la vieja hidalguía, ambas muy reacias al cambio que trajo consigo el ottocento. Sin embargo, la paulatina llegada de comerciantes catalanes (los llamados fomentadores) a la región permitió la profesionalización y consecuente explotación del comercio gallego, notablemente de la salazón del pescado. Aquellos catalanes, tenidos por emprendedores e inteligentes, vivieron durante generaciones en una especie de burbuja social, relacionándose exclusivamente con sus antiguos convecinos y parientes, dando como resultado una endogamia exageradamente frecuente. Entre estos clanes de “extranjeros” asentados en la zona destacan familias como los Barreras, los Romani y los Ferrer (procedentes de Blanes, Gerona), los Roura (de Sant Pol de Mar), los Soler (de Lloret de Mar), sin olvidarnos de los Salanova, únicos en su categoría por ser de origen guipuzcoano.

Cartel publicitario de "Vda. e Hijos de J. Barreras".

Cartel publicitario de “Vda. e Hijos de J. Barreras”. 

A comienzos del siglo XIX dos hermanos llamados José y Francisco Barreras Defaus, que como he dicho procedían de la localidad gerundense de Blanes, se instalaron en la Puebla del Caramiñal. Ambos instalaron sus casas en el Arenal (actual Paseo Marlés), y allí comenzaron a explotar la escasa industria salazonera que existía en el Barbanza. La casa de Francisco se conoció durante tres generaciones más como la casa de Don Francisco Barreras, aunque no era la única propiedad que le pertenecía en la zona, pues poseía una fábrica en Castiñeiras, Riveira. Su hermano José contrajo matrimonio con Rosa Casellas, también de origen catalán, y entre sus hijos pueden contarse a Marcelino (armador y propietario de un bergantín-goleta llamado Joaquina Barreras, que estuvo activa hasta 1920), José (que poseía una fábrica de salazón en las Islas Cies y cuyo hijo fundó Hijos de J. Barreras, compañía dedicada a la construcción naval) y Teresa, que se casó con su primo carnal Francisco Barreras Centrich, dando continuación a la estirpe catalana en el Caramiñal. Andando el tiempo, la familia acabaría poseyendo todo tipo de embarcaciones (dornas, lanchas, traineras, balandros…) acordemente bautizadas en recuerdo de algún miembro de la familia.

Otra dinastía que dejó su huella en la industria regional fue la familia del Río, cuya compañía, del Río y Carreró, fue fundada en la década de 1880 por Andrés Higinio del Río (oriundo de Palmeira, en Riveira) y Manuela Mascato, viuda del catalán Manuel Carreró. En diciembre de 1887, mediante subasta, la compañía adquirió una polacra-goleta en Barcelona llamada María Asumpta, que tendría una larga vida surcando los mares pero que acabó destrozada en las rocas de la costa británica en 1995. Aquella unión profesional entre los del Río y los Carreró se fraguó dos generaciones después con el matrimonio de Enrique del Río Ferrer (nieto por línea materna de José Ferrer Nunell, otro industrial gerundense) y Petronila Carreró Gelpí, que dejaron amplia descendencia.

El antedicho José Ferrer Nunell, conocido popularmente como Marlés, procedía también de Gerona, y como sus coetáneos y paisanos, poseía varias propiedades en la Puebla del Caramiñal y sus aledaños. Fundador de su propia dinastía, este gallego de adopción uvo numerosa prole, muchos de los cuales acabaron entroncando con otras familias de la zona: Leonor se casó con Salvador Soler Domenech; Cándida con José Romaní Cruz; Josefa on Andrés del Río; Francisco con Amalia Ferrer Romaní… Curiosamente existía otra familia de apellido Ferrer en la zona (quienes al proceder de Blanes eran con toda probabilidad parientes cercanos de la familia de Marlés). A esta rama pertenecía Mamerto Ferrer Romaní, socio que fue de Ramón Villoch Gelabert y co-propietario del bergantín-goleta Regina,  que se acabaría instalando en Vigo, donde comenzó su carrera como armador naval, llegando a ser presidente de la Sociedad de Seguros Mutuos Marítimos de la ciudad.

Otra familia de considerable importancia en la zona fue la casa de Lázaro Fernandez Seoane, de Riveira, que contrajo matrimonio con María Soler Paz (con raíces en Arenys de Mar). Esta familia se bifurcó en varias ocasiones, entroncando en el proceso con familias foráneas como los Ferrer.

No podemos acabar sin mencionar a la familia Romaní, clan extensísimo que se concentró en la villa de Muros y cuyas líneas se cruzan numerosas veces con otras familias catalanas. Entre ellos destaca Abelardo Romaní, que se casó con una prima de mi tatarabuelo y que, como él, dejó amplísima descendencia.

Abelardo Romaní González con su mujer María Francisca Cipriana Mariño Morales y sus hijos, sobre 1888.

Abelardo Romaní González con su mujer María Francisca Cipriana Mariño Morales y sus hijos, sobre 1888. Colección privada del autor.

Pero, aunque no lo parezca, no sólo vinieron catalanes al Barbanza. Otras familias y, en algunos casos un solo individuo, arribaron a las costas gallegas para asentarse y fundar su propia estirpe. Tal es el caso de mi antepasado Nicolás Ronquete, un genovés que se estableció en Noya alrededor de 1760-1770. También destaca el vasco-francés Juan Bautista Balirac, venido a Noya sobre 1830, y su propio suegro Luis Winchon, que dejó Picardía para establecerse en la misma localidad antes decasarse con una santiaguesa. También cabe mencionar a la familia Pestoni (o Pestonit), oriunda de la provincia de Como, en Lombardía (Italia), o la familia irlandesa Esmit (originalmente Smith), instalada en Noya a mediados del XIX.

Finalmente, mencionaremos a un individuo, olvidado por todos, que llegó a nuestras costas no por decisión propia, sino para salvar su cuello. Reproducimos textualmente su partida de defunción:

En diez y siete de marzo de mil ocho cientos veinte y siete en la quintana de Santa María la Nueva [de Noya] se enterró D. Nicolás Breton, presbítero cura que fue en Francia, emigrado en tiempos de la Revolución y residente en Noya ay [sic] veinte y nueve años. Era de edad de ochenta y cinco años, recibió todos los Santos Sacramentos y más auxilios, y asistieron todos los clérigos del pueblo y algunos religiosos por caridad, mediante era pobre. Murió en el día anterior“. [Rúbrica de Sebastián Rodríguez].

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